Con el Siglo 21, inspirada en la lección de Cuba y como respuesta a la catástrofe neoliberal que arrasó el continente, llegó la revolución bolivariana, ejemplo de transformación por vía democrática, seguida por otros países con gobiernos progresistas, apoyados en movimientos sociales, que pusieron en marcha una integración en la diversidad, dispuestos a no dejarse “patotear” por el los Estados Unidos.

En sus primeros 150 años de vida republicana, América Latina fue un museo del horror del subdesarrollo: mediatizada por el Imperialismo, plagada de dictaduras y gobiernos autoritarios, con democracias donde los presidentes progresistas eran depuestos y/o asesinados. Las luchas populares y movimientos revolucionarios muchas veces se confundían en la pelea de las facciones burguesas contra la oligarquía y entre sí, hasta el triunfo de la revolución cubana que, en 1959, abrió un camino de soberanía y dignidad nacional a rajatabla, una transformación social defendida con las armas y el sueño de una Patria Grande reunida.

Con el Siglo 21, inspirada en la lección de Cuba y como respuesta a la catástrofe neoliberal que arrasó el continente, llegó la revolución bolivariana, ejemplo de transformación por vía democrática, seguida por otros países con gobiernos progresistas, apoyados en movimientos sociales, que pusieron en marcha una integración en la diversidad, dispuestos a no dejarse “patotear” por el los Estados Unidos. El sueño de Nuestra América se volvió conciencia y, con la palanca energética venezolana, creó organismos multinacionales y de solidaridad continental.

La reacción de Estados Unidos y la Unión Europea no se hizo esperar: siguieron 15 años de golpes de Estado, presiones económicas y campañas de desestabilización que terminaron por fracturar la naciente unidad latinoamericana: reaparecieron gobiernos neoliberales y se reforzaron los existentes. El imperialismo y la derecha, preparado el terreno, iniciaron su Campaña de Rusia contra Venezuela.

Pero la sentencia de muerte de la revolución bolivariana, firmada hace mucho, no han podido ejecutarla por el grado de conciencia y organización del pueblo, y por la debilidad política de la derecha local. La oposición venezolana, en efecto, es un conglomerado de grupos de interés, sin convicciones, que cuando parecen tener una mayoría electoral no pueden ni quieren aprovecharla porque su agenda neoliberal no es compatible con el espíritu y la letra de la Constitución Bolivariana, y porque la Fuerza Armada Nacional Bolivariana es esencial y profundamente chavista, enemiga acérrima del programa entreguista y antipopular de la derecha. De ahí que, de llegar al gobierno por vía electoral, la oposición venezolana enfrentaría resistencias insuperables: necesita practicar una cesárea, un “gobierno de transición” (como en 2002) apoyado por alguna forma de intervención militar extranjera que facilite la purga de los militares patriotas.

El método por el cual la oposición llegaría a su “gobierno transitorio”, es lo que vemos hoy en Venezuela: mentira y violencia. Por una parte, ofensiva mediática global para convencer, urbi et orbe, que Maduro es un dictador y todo vale contra él, y por la otra los métodos subversivos probados en Chile, Nicaragua, Ucrania, Libia, Siria, etc.

Los servicios especiales la CIA, la OTAN, la derecha europea, el gobierno colombiano y los paramilitares de Uribe, contribuyen pesadamente a la violencia crónica en la frontera, y a los motines esporádicos en las zonas pudientes de Caracas y otras ciudades importantes, donde la “resistencia” y la delincuencia se confunden en una escalada de terrorismo y sabotaje con el propósito expreso de “paralizar el país”.

Apoyándose en el descontento por las dificultades económicas propias e inducidas, los opositores generan un odio antichavista con los rasgos clásicos del fascismo ordinario. Mientras tanto, la masa opositora, que ha “comprado” la idea de la caída inmediata del gobierno, exige a sus líderes la “batalla final” y los acusa de traidores cuando escurren el bulto ante las consecuencias legales de su propia violencia. Así, la “dirección” de la lucha callejera recae primero en los más atrevidos y, finalmente, en los delincuentes políticos mezclados con delincuentes comunes: del terrorismo selectivo caen en la atrocidad indiscriminada, que termina erosionando su imagen mediática de “protesta pacífica” en el escenario nacional e internacional.

A esta “revolución de colores” se enfrentan las fuerzas del orden, sin armas de fuego y sin garrotes, apostando al agotamiento de los amotinados, mientras éstos duplican la apuesta del conflicto. Para destrabar este impase, el presidente Maduro, convocó a una Asamblea Constituyente, cuyas enmiendas a la Constitución blindarían las conquistas populares y dificultarían aún más el regreso de la derecha y su agenda neoliberal.

La derecha se opone a la Constituyente, como se opuso a la Constitución desde su nacimiento, y como se opuso a las propuestas de reforma y enmienda que hizo Chávez. Abanderada por sus políticos más recalcitrantes y comprometidos con la derecha internacional, insiste en su práctica sempiterna de romper el diálogo cada vez que supone al gobierno en fase terminal y cree que puede llegar a su destino por el atajo de la violencia.

Detrás de la oposición está en marcha la injerencia y conspiración regional orquestada y financiada desde Washington, Madrid, Miami y Bogotá, que incluye varios escenarios posibles de intervención militar, en los las cuales los partidos opositores que hoy son necesarios, mañana serían en gran parte desechables. Ya se trate de “Media Luna” separatista en la frontera, “zona liberada” apoyada por la OTAN con un gobierno ad hoc, “intervención humanitaria” con ataques aéreos a los instituciones oficiales y zonas populares, el menú es tan variado como el de un restaurante chino, pero con un caldo básico: la Venezuela chavista debe desaparecer, y no importa quién gobierne, siempre que gobierne para las transnacionales.

El problema es que no se trata solamente del gobierno de Nicolás Maduro, sino también de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana, las clases trabajadoras, y los millones de chavistas encuadrados en el Poder Popular. Decía Maquiavelo, “El que se hace señor de una ciudad acostumbrada a vivir libre, y no descompone su régimen, debe contar con ser derrocado él mismo por ella. Para justificar semejante ciudad su rebelión, tendrá el nombre de la libertad, y sus antiguas leyes, cuyo hábito no podrá hacerle perder el conquistador. Por más que se haga, y aunque se practique algún expediente de previsión, si no se desunen y dispersan sus habitantes, no olvidará ella nunca aquel nombre de libertad, ni sus particulares estatutos, y aún recurrirá a ellos, en la primera ocasión…”

¿Acaso está contemplada una masacre como la del millón de indonesios en el golpe contra Sukarno orquestado por la CIA en 1966?: “Yakarta” escribía la derecha en los muros de Santiago antes del golpe contra Allende. La profunda vocación democrática, la organización y la conciencia política alcanzada por el pueblo venezolano en 18 años de revolución, más bien advierte sobre el peligro de una guerra civil interminable.

Para América Latina y el Caribe, lo que se juega hoy en Venezuela es todo lo logrado en el Milenio, y el regreso al infame siglo 20 donde la región no pasaba de ‘patio trasero’ de los Estados Unidos. La caída de la revolución bolivariana sería el triunfo de la agenda neoliberal que niega toda humanidad a la civilización y toda civilización a la humanidad, que embarga el futuro de las jóvenes generaciones y perpetua la hegemonía del capital sobre la gente. Ningún sacrificio sería demasiado para evitar semejante catástrofe y retroceso histórico.

Por eso, si Venezuela cae, dice el filósofo Fernando Buen Abad, “No nos alcanzará la eternidad para arrepentirnos si no sabemos generar un gran movimiento planetario en defensa de la Revolución Venezolana”. No sólo a los venezolanos y venezolanas, sino a todos los latinoamericanos y, en general, a todos los habitantes de nuestro irremplazable planeta. La hora de Venezuela, es la hora de todos.