Esta pregunta retumba en muchas cabezas y aparece en no pocas tertulias. Buena parte de la ciudadanía, con pocos datos y largas horas de manipulación, busca la respuesta en el corpulento Maduro: el «canalla» de turno y culpable de todas las desgracias. Como antes lo fueran Castro, Saddam, Gadafi o Al Assad… Algunos de los muchos gobernantes incómodos a los que el imperio estigmatizó y trató de derrocar.

Otras personas –con más lucidez y sentido crítico– se formulan la misma pregunta sospechando que las informaciones al uso son falaces. No les falta razón. La lista de tropezones del Gobierno Bolivariano es larga. Pero, puestos a barrer gobiernos explotadores y nefastos, no tendríamos que ir tan lejos; basta acercarse al PP para sentir el hedor insoportable de la corrupción. Quienes promueven los crímenes de las chusmas venezolanas, alegan mil pretextos para justificar su actitud pero ocultan las verdaderas razones. La Revolución Bolivariana arrastra tres delitos que el imperio y sus secuaces no se los perdonan: dar un trato preferente a los sectores humildes, promover el antiimperialismo en todo el Continente y, lo que es peor, flotar sobre un océano de petróleo del que Norteamérica quiere apropiarse.

Hace tiempo que las oligarquías venezolanas se pusieron a las órdenes de Estados Unidos para barrer a Chávez y liquidar el proyecto político que este promovía. Desde hace dieciocho años, el acoso ha sido constante y las intrigas múltiples: secuestraron al Comandante pero el poder de los de abajo lo rescató; apelaron a las urnas y en diecisiete ocasiones fueron derrotados; salieron a las calles cometiendo crímenes y las masas bolivarianas les cortaron el paso. Los responsables de aquellas muertes, detenidos y encarcelados, recurrieron al apoyo de Felipe González y de Aznar. ¡A tales fulanos, tales menganos! Ahora han vuelto a la carga confiando que sea la definitiva. Agudizan las contradicciones para desestabilizar un régimen al que el imperio ya ha sentenciado. Nada nuevo. Utilizaron a los talibanes para deshacerse de Najibullah, a los camioneros chilenos para derrocar a Allende, a los benghasíes para eliminar a Gadafi, a Saddam para asfixiar a Jomeini, a los chiitas para acabar con Saddam y a los sunitas para hacer lo propio con Al Assad.

En estos momentos, los estrategas yanquis pulsan todas las teclas que controlan para acabar con el sueño bolivariano. Casi todos los medios de comunicación –de allá y de acá- atizan diariamente el fuego; las damas empingorotadas encabezan los motines de los barrios chic; los agitadores callejeros arrasan lo que pillan demostrando especial saña contra símbolos referenciales como la estatua de Martí o la casa nativa de Chávez. Se ceban contra hospitales, maternidades, centros educativos, medios de transporte popular… Pero hay un arma especialmente letal: la escasez provocada artificialmente por un acaparamiento que genere hambre.

En esta guerra no declarada está jugando una baza fundamental el acoso internacional. Colombia aporta paramilitares; la OEA, dirigida por un trepa, ejerce de mamporrera; España se han convertido, una vez más, en trampolín intercontinental de la agresión imperialista. Algunos venezolanos que residen aquí, reforzados por fascistones locales, pretenden expandir su inquina: en Madrid –y con el consentimiento de la policía– acosaron su Embajada; en Donostia salieron a la calle pero erraron en el cálculo; un grupo de internacionalistas, más nutrido que el de ellos, les plantó cara. Los «escuálidos» tildaban de engañados a unos activistas que demostraron tener bastante más lucidez que ellos.

Todas estas agresiones confluyentes tienen un objetivo muy socorrido: someter a los pueblos a una situación inhumana y, una vez conseguido el atropello, solicitar de los ejércitos capitalistas una «intervención humanitaria». El día 18 de junio hay convocada en Bilbao una manifestación de apoyo al pueblo bolivariano que defiende con tenacidad ejemplar sus conquistas: las de una Revolución imprescindible en Venezuela y necesaria en el mundo. Como incentivo para participar en el acto, recojo las vibrantes palabras del periodista y analista político Carlos Aznárez: «La suerte de la Patria Grande se juega en esta pulseada entre quienes apuestan por la defensa de la democracia participativa revolucionaria y aquellos que, mediante el terror, tratan de implantar el fascismo y entregarle el país a las trasnacionales. La izquierda mundial no le puede fallar al pueblo bolivariano y a sus ansias de paz».