Una amiga de origen venezolano y vasco formuló la pregunta: «¿Qué diría la prensa si alguien atacase en Madrid la sede del Tribunal Constitucional?» La respuesta era obvia; la manipulación mediática y la doble vara de medir respecto a Venezuela se han convertido en diarrea pestilente y diaria.

La reciente excarcelación de Leopoldo López ha vuelto a evidenciar el abismo que separa a los conspiradores mediáticos de la realidad. Esto es lo que decía la Fiscalía venezolana cuando el tal López fue encarcelado en 2014: “«Fue público y evidente el carácter violento de su convocatoria calificada como pacífica por parte de los medios internacionales dedicados a condenar la supuesta represión y criminalización del Estado». El juicio respecto al otro saboteador –Henrique Capriles– no era más benigno: «Sus incitaciones han dejado un saldo de once personas asesinadas. Ha llamado a matar y quemar instituciones que atienden a los sectores sociales más vulnerables».

El 27 de junio sobrevoló Caracas un ángel exterminador cabalgando en un helicóptero azul. En torno al piloto, Oscar Pérez, ya ha fraguado el terrorismo mediático toda una leyenda cargada de rasgos míticos: personaje de película, héroe invencible que concentra los perfiles de Superman, Rambo y James Bond. Pero si su valor impresiona, su sensibilidad subyuga: tras conocer de cerca a un harapiento niño de la calle, el tal Oscar se convirtió en un bonachón de corazón infinito: «Tenía un objetivo en su vida: apoyar a la gente necesitada, realizar cosas positivas, estar pendiente para que ningún niño de la calle pasara hambre». ¿Qué son los demás santones de la humanidad comparados con Pérez?

Durante el convulso 16 de julio, todo el mundo miraba a Venezuela; en este caso, las urnas se encargarían de medir las fuerzas entre bolivarianos y escuálidos. El Consejo Nacional Electoral (CNE) había convocado un ensayo general previo al referéndum constituyente y la oposición (MUD) intentó neutralizarlo mediante un plebiscito ilegal y conspirativo. Dicha pantomima pretendía varios objetivos, y todos ellos ruines: elevar el nivel de crispación («viene una guerra tremenda»), intensificar el acoso al gobierno mediante una ofensiva supuestamente final que ellos llaman «hora cero» («crear un clima de ingobernabilidad total») y, sobre todo, abrir la puerta a la intervención imperialista («para llegar a una intervención extranjera tenemos que pasar esta etapa»).

Se sabía de antemano que el terrorismo mediático daría por ganador al MUD. El País utilizó argumentos irrefutables: «Este diario recorrió Caracas y comprobó la escasa afluencia de votantes en las urnas chavista». Asombrosamente, las fotografías que aportaba recogían colas multitudinarias ataviadas con simbología bolivariana. La explicación que dio El País fue alucinante: «Los chavistas acuden en masa a las mesas de la oposición para apoyar el plebiscito». Voces autorizadas desenmascararon la engañifa y don Cebrián no tuvo más remedio que admitir que había utilizado imágenes que correspondían a la convocatoria del CNE. Daba igual; aquella bazofia informativa preparaba el terreno para fechas cruciales e inminentes. A partir de ese día, las fuerzas reaccionarias han dado los primeros pasos para constituir un gobierno paralelo e ilegitimo; con más violencia que éxito, tuvo lugar la huelga del día 20; el imperialismo destapó enseguida sus intenciones: «Si Venezuela vota Constituyente –han amenazado a coro EEUU y la UE- que se atenga a las consecuencias». Mi mente se trasladó a Gaza, la que oso votar en 2005 lo políticamente incorrecto.

La prensa ponzoñosa se desgañita pero hay detalles que no ha contado. En las mesas plebiscitarias depositaron su voto niños de diez años, extranjeros no nacionalizados, personas que introdujeron su papeleta en varios colegios sin que nadie se lo impidiera; aquella sonriente dama –según fuentes de la misma MUD– que votó al mismo tiempo en Australia y en Kuwait. Los votos emitidos en tan anárquico akelarre nunca podrán ser contabilizados ya que fueron quemados una vez concluido el supuesto recuento.

Pero, sobre todo, la prensa conspirativa jamás contará lo que sucedía en las mesas convocadas por el CNE. Aquel domingo tocaba hacer patria en las urnas y allá estaban las multitudes incombustibles; llegaron mucho antes de que se abrieran los centros y, algunos de ellos, tuvieron que prolongar el horario para poder recibir la papeleta de tanto sufragante. Eran las gentes que están hartas de tanto malandro saboteador, de tanto político vende patrias y de tanta dama burguesa que huele a perfume y a mierda. A las comadres bolivarianas, a pesar de su hartazgo en colas provocadas para conseguir arroz, no les importó echarse al cuerpo seis horas más de espera. Convirtieron aquel tiempo rebelde en jolgorio reivindicativo y guasón; hubo chistes, bromas, risotones pero, sobre todo, conciencia y dignidad. La prensa rancia no contó ni contará nada de esto; porque no le conviene y, entre otras razones, porque no lo entiende.