Debemos felicitar al pueblo que ha logrado culminar con éxito, el de un rotundo sí en las urnas, el Procés. Pero por encima de todo, ponemos en valor el ejemplo de las cientos de miles de personas que lo han hecho posible haciendo frente a los obstáculos, las amenazas, las prohibiciones y la ocupación por las armas de sus calles, pueblos y ciudades. Las mujeres y los hombres de Catalunya nos han dado un ejemplo de organización y de arrojo; de capacidad y de resistencia pacífica; en definitiva, de dignidad y de democracia.

En vísperas del referéndum nos reunimos con algunos de los agentes sociales que arrancaron el camino y sorprendía la calma y la determinación con la que se expresaban. Y eso a pesar de la situación generada por las graves vulneraciones de derechos civiles y políticos perpetrados desde el pasado 20 de septiembre por el Gobierno de España. Frente a quienes tan solo han desplegado la fuerza para vencer y han fracasado estrepitosamente, el soberanismo catalán ha convencido y ha salido triunfante, abriendo además una ventana de oportunidad no solo para construir una república más digna y justa, sino también para acometer la voladura descontrolada pero democrática del régimen postfranquista del 78.

Ante este escenario, la izquierda estatal debe significarse. Aunque una vez más lleguen tarde a la cita, debe de asumir la decisión de apuntalar el sistema o, por el contrario, aprovechar esa oportunidad de construir, al fin, una democracia que les guste o no, deberá respetar el derecho a decidir de los pueblos que lo reivindican. Ante los discursos de la derecha encarnada no solo en Rajoy, sino también en Sánchez y Rivera, la izquierda española haría bien en mirarse en el espejo del PSOE y buscar las diferencias entre sus discursos. Su única solución a las legítimas aspiraciones de Catalunya, de Euskal Herria y de otros pueblos, pasa por descabalgar a uno de los pilares del régimen para colocar en su lugar a otro. Y eso, compañeras y compañeros, dista mucho de ser cambio; si acaso será recambio y en cualquiera de las maneras resulta insuficiente. Lo era antes del 1-O y lo es, todavía más, tras esta jornada trascendental.

Cabe señalar que no debe confundirse la tibieza de las cúpulas dirigentes de estos partidos con el compromiso y la solidaridad mostrada por cientos de miles de personas en muchos lugares del estado, desde Madrid a Sevilla. No vale denunciar el porrazo obviando que alguien esgrime la porra y que otros, por encima, han ordenado hacerlo para garantizar la integridad territorial y el destino en lo universal de una nación grande y libre. Ejercer la ternura de los pueblos no puede condicionarse a que algún día el PP o el PSOE dejen de alternarse en el poder. ¿Imagina alguien a un partido condicionando el apoyo a los derechos del pueblo saharaui a su victoria electoral? Pues eso que nadie vislumbra es la norma cuando se trata de Catalunya o Euskal Herria.

Y mirando, precisamente, a casa, volvemos a reiterar lo valioso de la lección ofrecida por la ciudadanía catalana. Cierto que la vergonzosa actitud del PNV de cara al referéndum de este domingo no invita al optimismo para el futuro de nuestro país. Si Urkullu alguna vez es mencionado en la historia de la Independencia de Catalunya, lo hará en el apartado de lo cómico o lo ridículo, con su críptico “I love CAT” junto a una bandera autonómica, solo superado por el barco de Piolín fletado por Madrid.

Afortunadamente, las decenas de miles de personas en permanente protesta, desde las manifestaciones nacionales hasta las caceroladas locales; las cientos que fueron a apoyar el normal desarrollo de la jornada electoral o los bomberos que se sumaron a sus homólogos catalanes para defender la democracia, han estado a la altura de la solidaridad que Euskal Herria debía de mostrar a Catalunya.

Pero lo cierto es que, a cambio, hemos recibido mucho más. Grandes y pequeñas lecciones de cómo poner a todo un país a caminar en un proyecto común. Algunos desde puntos de origen muy distantes, tanto que ha tenido que ser la defensa más elemental de la democracia el único lugar en el que se han cruzado sus caminos. Mientras la caverna mediática se empeña en vender la farsa del adoctrinamiento y la batuta de los partidos políticos independentistas, quienes hemos conocido de cerca la realidad catalana sabemos que ha sido la constante movilización ciudadana la que ha empujado a estos a emprender la marcha. Y también la que, boca a boca; panfleto a panfleto y acto a acto, ha logrado abrir los ojos a mucha gente, mostrándoles por ejemplo las conquistas sociales que automáticamente entrarían en vigor en el minuto cero de la República catalana porque ya han sido aprobadas por el Parlament pero recurridas por el Constitucional. Leyes como la que impide cortar la luz a personas en situación de vulnerabilidad; la que promueve la igualdad efectiva entre mujeres y hombres o la que prohíbe espectáculos con sufrimiento animal como la tauromaquia.

El reto para Euskal Herria, por tanto, pasa más por la activación social y por la toma de conciencia colectiva de la necesidad de soberanía, que por la difícil tarea de mover a un PNV más dado a pactar prebendas con quienes reprimen que a solidarizarse con sus víctimas. Lograr lo primero “tan solo” requiere encontrar eses puntos en común, que bien pueden pasar por el anhelo propio de la gran mayoría de construir un futuro más justo y más digno, que nos permita superar las políticas vulneradoras de derechos y represivas de los herederos de Franco. Como ha sucedido en Catalunya, que sean también las mujeres y los hombres de Euskal Herria quienes abran el camino hacia una República Vasca en la que seamos más iguales y más libres; un país en el que la desvergüenza del Gobierno español y sus políticas sean, más que nunca, vergüenza ajena.