No podemos eludir el tema de las víctimas, pero hay que afrontarlo sin acomplejamientos ni frentes agachadas; porque ésa es una de las imágenes que buscan, la de un independentismo militante obligado a pasar arrodillado bajo su arco del triunfo.

Es posible que no exista nada más miserable en el desarrollo de un contencioso que la instrumentalización de las víctimas para lograr algún tipo de ventaja política o situación de superioridad de cara al escenario post conflicto. Es más, la actitud que se adopta en relación a las consecuencias del contencioso y la manera de afrontar el reconocimiento del daño multilateral causado definen el nivel de cada cual. Su vergüenza. Su dignidad. O su infamia.

Durante decenios, la resistencia vasca demostró en cada momento su talla política y moral a la hora de admitir las consecuencias no deseadas de sus acciones, e incluso el dolor por las víctimas colaterales ocasionadas.

La expresión armada de la causa vasca en algunas ocasiones podría haber escondido la mano tras ver las consecuencias de su piedra. Pero nunca fue así. En todos los casos, buscados o lamentados, asumió ante la sociedad vasca la responsabilidad de sus actos y sus consecuencias.

Si siempre ha sido así, ¿por qué ahora íbamos a titubear a la hora de hablar de víctimas? ¿Por qué deberíamos afrontar el debate desde algún tipo de vergüenza o acomplejamiento?

Me atrevo a responder con claridad que la actitud debe ser todo lo contrario a eso. Y yendo más allá aún, diré que es precisamente España y sus subalternos vascos quienes quieren que no entremos al tema como es debido, para mantener sobre nosotros de manera permanente el estigma de la culpa mientras todos ellos se colocan bajo el palio de los inmaculados.

Lo que en realidad pretenden es condicionar los parámetros del debate sobre víctimas y consecuencias para que cada vez que el independentismo de izquierda entre a ese sensible terreno lo haga en situación de inferioridad, de vergüenza, humillación y oprobio ante propios y ajenos.

Es, una vez más, la crónica de buenos y malos; de quienes no tienen nada que purgar porque siempre mantuvieron sus manos blancas y quieren cargarnos con la estigma de la culpa y la ignominia. Pues la cosa no puede ser así.

Sabemos que el tema de las víctimas es delicado y que entre los abertzales de izquierda, en ocasiones, despierta recelos, incomodidades e incluso polémicas internas cuando el asunto no se trata de la manera debida o se hace en escenarios que nos preparan otros a modo de trampa. Estamos recorriendo un camino que exige determinados pasos que pueden suponer algún coste. Eso ya lo sabíamos antes de empezar a caminar. La clave está, en mi opinión, en cómo abordamos el asunto; tener claros los parámetros en los que nos movemos y no caer en las redes que nos tienden.

Es conocido que la estrategia del Estado, y sus coros y danzas, se enfoca en eso que llaman «la batalla del relato», que no es ni más ni menos que la despolitización del conflicto dejándolo en un problema de criminalidad organizada y orden público. Así, sólo una parte ha generado sufrimiento, muertos y terror. Ellos se atribuyen el patrimonio del Bien y desde esa su virtud establecer quiénes son victimas y quiénes no, a cuáles se debe reconocer y homenajear, y esos otros que merecen la cuneta del olvido y la persecución de su recuerdo.

Evidentemente, ése no es un escenario de justicia en el que llevar a cabo un debate que respete el dolor y la memoria de todos, sin planteamientos de base hipócritas y sin buscar la humillación de nadie. La historia advierte que cuando un conflicto violento se cierra desde la manipulación sectaria y la búsqueda de la humillación, ese epílogo no es más que el prólogo del siguiente conflicto.

Como ya he dicho, no podemos eludir el tema de las víctimas, pero hay que afrontarlo sin acomplejamientos ni frentes agachadas; porque ésa es una de las imágenes que buscan, la de un independentismo militante obligado a pasar arrodillado bajo su arco del triunfo. Si aparecemos en escenificaciones ajenas con expresiones de vergüenza como purgando por nuestros pecados, puede dar la sensación de que solo nosotros hemos generado sufrimiento. Y tras ello, nos colocan más alto el listón de la exigencia, nos piden más y se nos quedan mirando volviendo sobre nosotros todo el peso de la responsabilidad y la culpa.

Pero ¿acaso son ellos inmaculados? Podemos repasar los decenios de enfrentamiento armado y quedar asombrados del dolor y sufrimiento infligido desde el poder del Estado, incluidos sus tentáculos legales e ilegales; sin olvidar el silencio cómplice, si no colaboración necesaria, de medios de difusión y mercenarios de la palabra.

Si nos asombra semejante magnitud de aflicción provocada por España, más lo hará comprobar que todo resultó impune, que nadie pagó su delito y que quien pasó por prisión lo hizo para poco más que constara en acta. Y no olvidemos los premios, ascensos, condecoraciones, colocaciones de lujo por servicios prestados, púlpitos mediáticos bien pagados...

¿Van a ser ahora ellos quienes marquen los parámetros del debate sobre victimas y consecuencias, los que establezcan los suelos éticos? ¿Lo harán los cerebros de los GAL o sus asesinos a sueldo? Quiénes, ¿los que a fecha de hoy siguen generando sufrimiento a víctimas inocentes como los familiares de nuestros prisioneros políticos? ¿Quienes mantienen rehenes en las cárceles para chantajear a la sociedad? ¿Serán ellos?

Y, por supuesto, los burukides (PNV) tampoco están como para colocarse por encima del bien y el mal porque si lo hubieran querido no habría habido tanto dolor ni tortura, ni guerra sucia, ni venganza cobarde contra prisioneros y familiares. No se plantaron frente a esa violencia y miraron a otro sitio mientras cuidaban su negocio.

A la izquierda abertzale se nos podrá acusar de lo que se quiera, pero jamás de hipócritas o de no tener el coraje y la vergüenza suficientes para encarar debates –por incómodos que sean– o no asumir responsabilidades. La hipocresía de los arrepentidos es la hipocresía en sí misma, y nosotros por ahí no pasamos.

En los últimos años hemos dado pasos cualitativos, reconociendo suficientemente el daño injusto causado. De momento, esto ya es algo que ni el Estado ni ninguno de sus satélites han hecho aún. Eso, de principio, ya nos coloca a un nivel ético y político superior al resto en este tema; por no hablar de quienes fomentan la persecución del recuerdo a nuestras víctimas y caídos.

Así que menos planteamientos tramposos. Es más, nuestro reconocimiento lo hemos hecho desde la posición más radicalmente sincera y expresada con el máximo respeto a todos.

España nos ha hecho sufrir muchísimo –y lo sigue haciendo con prisioneros y familiares-, nos ha hecho derramar mucha sangre; y por eso, porque sabemos en primera persona lo que es el dolor, la tortura, la prisión, el exilio... porque llevamos todo eso escrito en cicatrices sobre nuestra propia carne, nuestras palabras de reconocimiento del dolor injusto causado representan la expresión más sentida y sincera posible. Así lo hemos hecho.

Dejando esto claro, también os digo, lectores, compañeros de lucha, abertzales de corazón dispuestos a seguir luchando por la independencia, que no daré la mano a quien me torturó, ni a quienes me mandaron al exilio ó encarcelaron cinco veces. No lo haré mientras ellos no reconozcan, al igual que nosotros ya hemos hecho, todo el daño causado, todo el sufrimiento generado a Euskal Herria.

Me siento muy orgulloso de toda esta larga lucha de décadas, de haber servido a mi pueblo, a este gran país que es Euskal Herria.