Vuelvo a evocar las líneas del poeta. «Sobre los cuadernos de colegial, sobre el pupitre y los árboles, sobre la arena, sobre la nieve, escribo tu nombre. Sobre todas las páginas leídas, sobre todas las páginas en blanco, piedra, sangre, papel o ceniza, escribo tu nombre».

Después de un viaje, en el centenario, a los orígenes de la revolución por excelencia del siglo XX, me quedaron decenas de apuntes, nombres de esos que añoras sin conocerlos, de los que te maldices por no haberlos acreditado antes, aunque fuera de una manera ligera. Un museo sobre el conflicto mundial me agrandó la ansiedad, recogiendo los ecos de centenares de jóvenes guerrilleros comunistas que fueron masacrados en nombre de la supremacía racial. Muchas fueron mujeres, con apellidos complicados de pronunciar, cuando no escritos en caracteres de los que ni siquiera por asomo acertaría a descifrar.

Entre ellos, el de una joven muchacha, Lepa Radic, 17 años, detenida, vejada y torturada que, aunque conocía el escondite de sus compañeros, no sucumbió a la picana. Podía haberlo hecho y la hubiéramos querido de la misma manera, porque los humanos somos propensos al dolor. Pero no lo hizo y como castigo fue ahorcada con una entereza que eriza la piel. Me quedan de ella un breve aroma a pólvora, su pelo ensortijado y una mirada desviada, conocedora de ese final anunciado.

Lepa Radic me trajo a la memoria decenas de nombres, también los de Mertxe López y Pilar Vallés, jóvenes como la hechura del arroyo que se inflama en el deshielo, 16 y 17 años, atrapadas en su vigía sobre el avance fascista, detenidas y ejecutadas en Pikoketa sin conocer cuánto de sí puede dar la estadística de una vida. Asimismo a Mercedes Martín, 16 años, armada con un fusil en una trinchera de Astigarraga, a quien una bala traicionera la indujo al sueño eterno. Una niña aún. De ellas supe que también apretaron un gatillo.

Tenemos una tendencia natural, probablemente atávica, de valorar lo lejano con un tono exaltado y relegarnos lo cercano a las esquinas de la biblioteca. Tanto en el espacio como en el tiempo. Las mujeres que combatieron a la tiranía embozadas por las nubes de los volcanes de Quetzaltepeque y Santiaguito, las que se cobijaron tras una pared de Belfast ante el paso de los blindados británicos, las que cruzaban cargadas de munición y agazapadas entre arbustos las rutas de Zimbabwe al Sudáfrica del apartheid. Todas ellas nos llenaron de emoción.

A las nuestras, en cambio, quizás no las olvidamos pero ejercemos como si su compromiso fuera con el guión de la vida, con el pentagrama vertiginoso de la rebelión. No debiera ser así, no deseo que sea de esa forma. Las cuestiones más urgentes tienen que ver con las del reconocimiento, y ésta es una de ellas.

En esos sinsabores mecía mis sosiegos. Rondaban los primeros vientos gélidos del otoño, este año por razones desconocidas retrasado en su vuelo, cuando nos llegó la noticia. Esperada, pero no por ello menos molesta. Fabricamos palabras hermosas para endulzar la pérdida, sumamos una estrella nueva a ese firmamento saturado y, sin embargo, renovado cada noche. Cargamos la mochila de esas fuerzas que nos preparó Telesforo Monzón para envolver en una melodía, lepoan hartu ta segi aurrera.

Pero esas noticias duelen. No sé aún, después de tantos y tantos años, después de haber visto a la muerte rondar a mi alrededor, sin tiempo para reconocerla, con días, meses para detectarla, cómo tratarla. Sin duda, no es amiga, aunque tampoco enemiga. Tenemos fecha de caducidad y nacemos con el ADN de la clausura. La muerte certifica la existencia del pasado.

Cruzamos el vestíbulo deprisa, para evitar miradas húmedas. Se repite el protocolo de la vida, con su sombra que marca ese rescoldo acreditado del sueño. Han pasado apenas unas horas pero ya cuesta acostumbrarse a tu ausencia, aunque todavía no se haya presentado en su magnitud más excelsa, aplastante como una tormenta en medio del desierto, una tempestad en la deriva del océano. Una ausencia que supliremos una y otra vez, hasta la extenuación, con la evocación de tu recuerdo. Que servirá de consuelo, y, por qué no, de satisfacción. Haberte conocido.

En aquellos años terribles de la ocupación nazi que doblaron a Europa por la mitad, un grupo de hombres y mujeres, combatieron a las bestias en su retaguardia. Unos miles de kilómetros más al sur de donde se movía el grupo de Lepa Radic. Con armas, pero también, con algunos tintes de nostalgia, con poemas que se deslizaban en paracaídas hasta los bosques ocupados. ¿Versos en medio de la guerra? Una ocurrencia extraña. Las rimas ayudan en esos trances y Paul Eluard salvó la posteridad con un poema que hizo historia. No recuerdo el título, sí, en cambio, que la palabra libertad aparecía una y otra vez, con una cadencia que contaminaba el alma. Y que en uno de sus párrafos pintaba aquella extraordinaria frase «nací para conocerte».

Nací para conocerte, Belén.

Y contigo a una generación que me ha hecho llorar, aunque fuera a escondidas. Que me ha hecho reír, esta vez ya en público. Que me ha hecho sentir la fuerza de toda una sensibilidad que parecía condenada y que, sin embargo, me ha reforzado una pasión que anida desde el principio de los tiempos: la humanidad está compuesta, a pesar de tantos arrepentidos de su condición, de hombres y, sobre todo, de mujeres como tú.

Los de mi quinta hemos crecido en una generación irrepetible. Y no me refiero a mis pasos, humildes, sin más eco que el de desgastar las alpargatas para desbrozar el camino a las generaciones que nos seguirán. Me refiero a aquellos que casi ni podemos nombrar, con el riesgo de ser perseguidos, a aquellas que hicieron de su recorrido una etapa tras otra de coherencia en la lucha. Con discreción, un valor que hoy parece haber desaparecido de las prioridades vitales de la comunicación.

Déjame que recuerde que las mismas zozobras que describimos para aquellas clandestinas del Quetzaltepeque o las mugalaris de Zimbabwe han sido las vuestras, que el corazón se aceleraba por igual entre las rocas de Pikoketa o en un oasis de Argelia, que la vida entra en juego tanto en una barricada de Astigarraga como en las cercanías de un control en Pau. Que las cotizaciones universales son los temores universales y que las siluetas que dibujan el valor y la responsabilidad tienen letras, colores y fragancias que se repiten con una cadencia eterna.

Nací para conocerte, Belén.

Y vuelvo a evocar las líneas del poeta. «Sobre los cuadernos de colegial, sobre el pupitre y los árboles, sobre la arena, sobre la nieve, escribo tu nombre. Sobre todas las páginas leídas, sobre todas las páginas en blanco, piedra, sangre, papel o ceniza, escribo tu nombre», recitaba Eluard.

Sé que tú también pronunciabas poemas, que te enfrascabas en lecturas, que admirabas a Thomas Sankara, a revolucionarios amortiguados por las gestas del Che: «Nuestra tarea consiste en descolonizar nuestras mentes». Discretos como tú, en una cualidad que veo he repetido en un párrafo anterior. Por algo será. Y entonabas cantos partisanos, “Bella ciao”: «Una mañana me desperté y encontré al invasor».

Me embargan tristezas recurrentes, me ahonda la congoja cuando a la mañana siguiente descubrí las esquelas formalizadas por tus amigos, por tu familia: Belén González Peñalva. Desasosiego cuando borraba tu dirección de correo electrónico, por cierto bajo el nombre de una mujer ejecutada con tan sólo 26 años, símbolo de un movimiento feminista entonces incipiente.

Pero, por otro lado, me siento aupado a los que han tenido la suerte de conocerte, de evaluar tu vitalidad para concluir que la vida tiene el sentido de la lucha, que pacer es característica animal y que combatir es humana. Nos has dejado el legado del «irabaziko dugu», en la senda del poeta peregrino Machado. Y concluyo Belén, con una frase que se la he robado a Mayakovski, otro trovador del compromiso militante: «Déjame que con mi última ternura alfombre tus pasos que se van».