Tenemos un compromiso con nuestros aún más de 300 prisioneros políticos y con los refugiados, porque tenemos que lograr la vuelta a casa de todos.

A estas alturas de la vida, todos tenemos bastante claro que las palabras no son inocentes, que tras cada una de ellas puede haber alguna intencionalidad determinada pero que,no obstante, lo verdaderamente importante no es el término empleado sino su realidad. Aún siendo así, hay ocasiones en las que la utilización o no de algunas palabras nos enoja con particular fuerza porque toca fibras sensibles de nuestro compromiso político.

El incremento de la represión contra el proceso catalán ha colocado en primer plano como si se trataran de experiencias inéditas expresiones de la persecución política que los vascos llevamos decenios sufriendo. Es como si, de pronto y por primera vez desde el advenimiento de la Constitución española, la represión ocupara las calles, se asaltaran redacciones, se expidieran órdenes de detención, de busca y captura, ingresos en prisión...

Es de comprender, pues, que este asunto sobre represaliados y presos políticos catalanes haya generado cierto escozor en el independentismo vasco y que haya medios, como el director de “Egin”, Jabier Salutregi, que se pregunten con perplejidad: ¿Qué fui yo durante los años que pasé en la cárcel si no un prisionero político?

Y es que no cabe otra pregunta cuando se escucha, por ejemplo, a Alberto Garzón, líder de IU y parlamentario de Podemos, asegurar públicamente que desde la muerte de Franco no ha habido en España presos políticos.

¿Qué son, entonces, los cientos, miles de vascos que desde entonces han pasado por las prisiones, condenados, de una u otra forma, por su compromiso con Euskal Herria?

Alguien dijo que no hay nada más parecido a un español de derechas que uno de izquierdas y, lamentablemente, parece que la observación sigue siendo válida cuándo es la unidad de España lo que está en cuestión.

Desde la imposición a Euskal Herria de esa verdad revelada que llaman Constitución española, nuestro país a padecido toda desgracia de represión y persecución política, provocando que todas las generaciones habidas desde entonces hayan sufrido la experiencia de la prisión y el exilio.

En los últimos cuarenta años los vascos hemos ido marcando nuestra piel militante con todo el catálogo posible de barbarie represiva. Hemos tenido prisioneros, exiliados, refugiados, deportados, confinados y hasta extrañados. Quizás lo único que no haya faltado sea el éxodo; pero incluso eso es motivo del mayor de los orgullos como nación porque aún nadie ha conseguido expulsarnos de nuestra tierra prometida, la de nuestros antepasados.

Desde su divino 8 de diciembre de 1978 hemos pasado por el potro de la tortura, siendo asfixiados, machacados a golpes, electrificados, ahogados en bañeras de putrefacción...

Se han llevado a nuestros hijos e hijas, padres y madres, a nuestros compañeros y compañeras para encerrarlos en prisiones a cientos de kilómetros, recluyéndolos en aislamientos infames, aplicándoles regímenes carcelarios de exterminio, modificando los códigos penales con el fin de que se pudran en una celda para mayor satisfacción y gloria del Estado de Derecho...

La represión no se ha cebado tan sólo en militantes armados. Ha habido activistas sociales presos, periodistas presos, empresarios presos, curas presos, solidarios presos, políticos presos... Se han asaltado asociaciones, cerrado periódicos, revistas y radios, ilegalizando partidos, organismos...

Todo ello en el marco de una estrategia de Estado contra un proyecto político, todos han sido encarcelados por motivos políticos. Así pues, no hay otra forma de denominarles más que como prisioneros políticos; y no únicamente porque el contenido de su actividad fuera político sino también porque es el propio Estado quien así los califica cuando los convierte en sujeto de su represión. Al pretender negarlos, los reafirma.

Los catalanes encarcelados lo han sido por su compromiso con la nación catalana, con su «República democráticamente constituida» frente a la ofensiva total española que no sólo les ha ocupado policialmente, sino que incluso les ha convertido en un virreinato colonial.

Su defensa de la soberanía catalana les ha llevado a la prisión y el exilio, por lo que son prisioneros y exiliados políticos con igual dignidad que los nuestros. Lo importante es el compromiso con la nación a la que se pertenece. A esa tarea cada uno se entrega desde donde esté su puesto y aporta lo que puede, o lo que considere que debe.

Los miembros de ANC, Òmnium, del Govern encarcelados y en el exilio, el president Puigdemont son prisioneros y represaliados políticos y les debemos el reconocimiento más sincero.

Porque la cuestión no es quien es más o menos represaliado o que colocados unos en primer plano estén eclipsando o negando a los otros. Eso sería caer en la trampa de España, y no hemos llegado hasta aquí para entretenernos con sus redes sino par irnos de su Estado.

El procés está teniendo la virtualidad de sacar a la luz no sólo el déficit democrático de España y su totalitarismo unionista sino también que ése era precisamente el origen de su patología represiva contra Euskal Herria. La llamada «lucha contra el terrorismo» llevada a cabo durante estas últimas décadas deja ahora en evidencia lo que siempre dijimos, que no era por el uso de la violencia por parte de ETA sino para aniquilar el movimiento independentista vasco; esto es, por motivos políticos.

Lo que antes fueran terroristas, ahora son sediciosos, rebeldes, secesionistas... en definitiva, todos aquellos que luchamos por la libertad de nuestra nación y nos negamos a ser españoles. Lo que persigue el Estado español y todos sus poderes, incluidos los mediáticos, son las ideas políticas que se cuestionan la unidad de España y a las personas que luchan por la emancipación.

En esa lucha, vascos y catalanes no sólo debemos ir al lado sino que tenemos que fomentar el apoyo y la solidaridad entre nuestras naciones, además de buscar más amistades en Europa; porque para asentar nuestro lugar en el continente va a ser imprescindible avanzar unidos con otros pueblos sin estado de Europa.

Así pues, no es tiempo de polémicas fomentadas desde la metrópoli respecto a quienes son más o menos prisioneros políticos o desde cuando. Los catalanes están demostrando una impresionante capacidad de movilización y creatividad a la hora de expresar apoyo a sus prisioneros y Govern. Así debe ser.

Nosotros tenemos un compromiso con nuestros aún más de 300 prisioneros políticos y con los refugiados, porque tenemos que lograr la vuelta a casa de todos. Que a nadie le quepa la menor duda de que ninguno quedará atrás, que no cejaremos hasta que el último de ellos regrese a casa con los suyos.

Lo antes posible, Euskal Herria tiene que ser un país sin prisioneros políticos ni represaliados. Este es un compromiso que tenemos no sólo con quienes vienen detrás sino que debe ser un homenaje a los cientos, miles de mujeres y hombres que han sufrido en algún momento persecución y prisión.

A quienes a día de hoy siguen en prisión o en el exilio les están esperando en casa. Ese objetivo tiene que comenzar a tener resultados felices ya mismo, porque no podemos permitir que sigan privados de libertad. Les necesitamos para seguir avanzando a la independencia. No podemos fallarles ahora.

Tenemos delante dos citas ineludibles en las que nuestra solidaridad debe de dar la talla como personas y como pueblo. El día 9 de diciembre tenemos que estar en París y el 13 de enero en Bilbo. Es insoslayable derribar los muros ya y traer a casa a nuestros prisioneros políticos. Se lo debemos a ellos y a los suyos. Se lo debemos a Euskal Herria y su camino hacia la libertad.