París es un paso hacia la paz. Uno más, es cierto en un camino lleno de incertidumbres. Pero quien no se arriesga no cruzará el mar.

A casi un año del acontecimiento de Luhuso, cuando la tendencia de los halcones franceses se modificó en favor de las palomas, la propuesta de visibilizar todo un proceso de paz en la capital del Estado francés es todo un reto. “Paris bien vale una misa”, dicen que dijo Enrique III de Navarra (IV de Francia), protestante que se transformó en católico para poder gobernar. La apuesta movilizadora vale la pena para sumar en ese esfuerzo por acercar a nuestros presos como paso previo a su liberación.

El 8 de abril, Baiona acogió en dos etapas el desarme de ETA, que desde la víspera había anunciado el despojo definitivo de su arsenal. París avaló la propuesta, acompañó la iniciativa, recogió las armas y verificó el desarme completo.

París siempre ejerció atracción entre las elites militantes vascas. En la ciudad del Sena se ubicó el Gobierno vasco en el exilio, en el Palais d'Orsay se celebró el Primer Congreso Mundial vasco. En sus calles más ajustadas se cocieron conspiraciones, se escondieron desde época remota comunistas, anarquistas, gudaris de principio y fin de siglo. En sus avenidas, delegaciones vascas se manifestaron en aniversarios comuneros o revolucionarios, alzaron adoquines de los del 68 y, sobre todo, recordaron a los presos con actividades de denuncia que trascendieron a los medios, en Notre Dame, el Arco del Triunfo, en la Torre Eiffel.

En París se oficializó ese abismo que ha acompañado a la izquierda abertzale, entonces encarnada por ETA, y la derecha vasca, entonces y ahora por el PNV. Resultó que en 1964 y a través del Gobierno vasco ubicado en París, tres huidos, Juanjo Etxabe, Xabier Bareño y Jesús Mari Bilbao, pidieron papeles de refugiado. Los tres voluntarios de ETA. Se saltaron el primer paso que era presentarse a la policía, lo que ya ofuscó al delegado jeltzale. Y luego, en la oficina, escribieron Etxabe en vez de Echave y Xabier en vez de Javier. En el apartado de nacionalidad rellenaron vasca.

El delegado del PNV les afeó la conducta. Mejor grafía castellana y lo de la nacionalidad ni tocar, española, para no enfadar a los funcionarios franceses. El informe del delegado jeltzale parece sacado de un titular actual: «Se les aconsejaba, entre otros extremos, que obligadamente hay que aceptar en el momento presente y por las actuales circunstancias, el declararse español en vez de vasco».

En los últimos meses ya de este año de 2017, la apertura de un ámbito de comunicación, entre la parte vasca representada por la Declaración de Baiona (2014) junto al impulso de los Artesanos de la Paz y el Ministerio de Justicia del Gobierno francés de Emmanuel Macron es de por sí un hecho esperanzador. Aunque, como es habitual, la paciencia deba presidir el ambiente.

La cohesión que ha mostrado la sociedad tanto civil como institucional en Ipar Euskal Herria ha sido un hecho que ha confundido a buena parte de la sociedad al sur de la muga, acostumbrada a tratar de forma secundaria a los vascos continentales. La visión del país entre el Bidasoa y el Aturri ha sido comercial, turística o romántica, como si las baladas de Benito Lertxundi marcaran un nicho humano, entre la nostalgia y la historia lejana. La lección política es escandalosa. Por mucho que a los protagonistas del sueño de la marmota de Hego Euskal Herria, Jonan Fernández e Iñigo Urkullu entre otros, no les haga excesiva gracia.

Los Artesanos habían anunciado que antes de la manifestación de París se producirían novedades relevantes en política penitenciaria, pero estas se hacen esperar. El levantamiento a un quinto de los presos vascos del estatus DPS (peligrosidad) es una medida lógica, dado el contexto. La situación jurídica de diversos detenidos en el proceso de desarme, en libertad condicionada, también revela una primicia, aunque nuevamente ligada al contexto más que a una voluntad marcada.

Y si lo nuevo está por llegar, en varios de los escenarios relacionados con el conflicto, lo viejo sigue asido a esos eternos anclajes en los que sectores policiales, jueces y fiscales especiales se han sentido cómodos en las últimas décadas. Los halcones siguen intentando validar su propuesta guerrera. Hace unos pocos días, en un juicio celebrado en París, el comandante Laurent Hury, jefe de la sección antiterrorista contra ETA ubicada en Pau, volvía a convertir una fábula, un cuento chino, en peritaje. Entre sus declaraciones señaló, contradiciendo a sus superiores, que ETA se habría quedado con un cuarto de su antiguo arsenal.

A estas graves e irresponsables acusaciones, Hury anotaba dos hechos dedicados a alimentar la intoxicación y a mantener un estado de involución política. Que «ETA sigue su lucha en el plano político» y que «ha sufrido una escisión». Las inercias judiciales (fiscalía) siguen en el mismo sentido, negando la mayor y también al Gobierno francés se le ha sugerido lo que la prensa española airea sin rubor, que son los duros e históricos de ETA los que retardan y se resisten a dar el paso final. En conclusión, no cabría paso alguno en el terreno humanitario o materia penitenciaria hasta que no haya nada ni nadie al otro lado. Pero al tiempo, dentro de unos años o unos meses, los que se negaron a cerrar el conflicto ordenadamente harán exigencias cuando ya no haya nadie en el otro lado para responderlas.

¿Piensan realmente lo que dicen los halcones franceses? El sector de la SDAT, jueces y fiscales condecorados con blasones hispanos y alimentados por la Guardia Civil, es el mismo que ha mantenido durante años que la actividad de ETA ha provocado 350.000 exiliados (desplazados) y sandeces por el estilo como la reciente de los 370 militantes de ETA «durmientes» a la espera de órdenes para actuar. Ese informe que mensualmente eleva a París la célula antiterrorista de Pau (“Síntesis mensual de la situación del nacionalismo vasco”) es sin duda la bomba de relojería armada desde España contraria a cualquier proceso de paz y publicitada en “El Correo” y “ABC” (Beltrán de Otalora y Pagola, respectivamente).

En este escenario contradictorio, en pugna entre los sectores que componen el poder político, se produce la manifestación de París. Palomas contra halcones, tras la demostración que la sociedad civil, el pueblo del que hablan las constituciones puede y debe de ser soberano. Las reglas constitucionales francesas, vigentes desde 1958 con la vista en 1789, citan en su preámbulo palabras consideradas revolucionarias para más de uno: «el pueblo francés proclama solemnemente su adhesión a los derechos del hombre». En ese mismo preámbulo y en el segundo párrafo, la Constitución reconoce el derecho de autodeterminación de los pueblos (Nueva Caledonia, «francesa» desde 1853 ejercerá ese derecho en 2018), a pesar de que ya en el primer artículo se dice que «Francia es una república indivisible».

Las diferencias entre Madrid y París son evidentes. A estas alturas, sería impensable que un grupo de activistas solidarios junto a un sector de la sociedad civil vasca convocara una manifestación a favor de los presos vascos en Madrid.

La derecha vasca de Hego Euskal Herria (PNV) renegaría de la convocatoria. Los jueces la liquidarían en un santiamén y, por si las moscas, grupos armados con palos y cadenas esperarían en las esquinas de Callao o Gran Vía para amedrentar a los manifestantes. El fascismo jamás abandonó la naturaleza española, por mucho que Pablo Iglesias quiera ver su resurrección.

París es un paso hacia la paz. Uno más, es cierto en un camino lleno de incertidumbres. Pero quien no se arriesga no cruzará el mar. En estos tiempos convulsos las definiciones sirven para alinear. Y no está nada mal que, gracias a estas iniciativas, los halcones se retraten, ejerzan su papel guerrero para demostrar cuán lejos están de desear la paz, en la misma medida que nosotros estamos en contra de la guerra y sus consecuencias. Por lo mismo, orain presoak.