“Yo nací, como tantas personas en este mundo, de padre desconocido. Mi madre me dio a luz en un sitio de esos oficiales, técnicos, según me ha dicho mi hermana. Una casa fría que descomponía a todas las pobres madres que hacían hijos sin permiso de la autoridad. Además, yo creo que la vida no la hacemos nosotros mismos, que surge a pesar nuestro. Nos creemos algo importante y que decidimos todo. Yo no lo creo. De recién nacida debía salir de Fraisoro (casa-cuna de Zizurkil, a los dos meses, pues a las madres que dan a luz a hijos de parte de padre desconocido las hacen trabajar varios meses gratis para pagar los gastos ocasionados durante su estancia en la casa cuna”.(…) Nuestra rebeldía venía desde hacía tiempo. Venimos de abolengo con ese carácter específico. Mi abuela, gitana, vivía en un carromato”

El 9 de abril de 1914 nace en el orfanato de Fraisoro de Zizurkil (Gipuzkoa) la militante anarcofeminista y resistente antifascista Soledad Casilda Hernáez Vargas –a veces citada como Casilda Méndez Hernáez–, más conocida como Casilda, la Miliciana, Kasilda o Kasi. A pesar de que ella nunca terminó de aceptar apelativos y prefería ser considerada como combatiente o revolucionaria. De hecho, lo de miliciana no fue sino una de sus muchas facetas, pues también destacó como activa sindicalista, internacionalista, pionera del feminismo y propagandista de una vida en contacto con la naturaleza.

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Era limpia de una gitana navarra –algunos dicen que el origen era inca. Después de pasar la infancia a Zizurkil, se trasladó al barrio de Egia de Donostia. En estos años su práctica del nudismo en la playa de Zurriola causó profundo escándalo. Se hizo muy conocida en las barriadas populares donostiarras durante los hechos de octubre de 1934 (combates de Peñas de Aia), cuando fue detenida por repartir propaganda y por posesión de explosivos. A partir de 1931 fue miembro de las Juventudes Libertarias y trabajó intensamente para lograr que se equiparasen todos los derechos a la mujer, por lo que fue detenida en varias protestas de mujeres llegando a ser también encarcelada por hacer un llamamiento a la huelga a las trabajadoras de una empresa. Durante la huelga de 1934, fue detenida cuando transportaba explosivos en una cesta, y aquella «chica de la cesta» o «chica de las bombas», como la llamaban, fue condenada a 29 años de prisión.

“Estábamos en estado de guerra y las penas se multiplicaban por un coeficiente elevado”, señalaba Kasilda. En su ‘diario’ recuerda cómo reaccionó el comandante de la cárcel: “¿Para qué tenéis que traerme a una mujer? (…) ¡A esta niña habrá que ponerla a dormir con los niños!”. Pero no, la pusieron a dormir con tres guardias de asalto.

Encarcelada en el fuerte de Guadalupe, fue trasladada a la prisión de Las Ventas de Madrid, pero fue liberada pronto gracias a la amnistía de febrero de 1936. Justo al salir de la prisión conoció a Félix Likiniano Heriz (Liki), su compañero en adelante. Aunque partidaria de «Mujeres Libres», no entró a formar parte de la agrupación.

Se destacó en las luchas de julio de 1936 en la comuna de Donostia, en la resistencia popular que hizo fracasar la sublevación militar en la ciudad y en la batalla de Irun. Combatió en la Peña de Aia y, cuando cayó Irun, atravesó el Bidasoa para reincorporarse a la lucha en el frente de Aragón. En mayo de 1937, junto con su compañero Liki, defendió la «Casa Grande» de Barcelona –el edificio Cambó de la Vía Laietana. En Barcelona encabezó unos talleres de confección antes del triunfo fascista. Después partió al exilio y conoció la miseria en los campos de internamiento. Fue firme ante las críticas al papel de la mujer guerrillera: “Que haya habido gente del campo republicano diciendo que las mujeres en la montaña éramos poco menos que rameras, eso es mentira, y no les perdonaré nunca. Es echar una mancha a la mujer nada más que por el hecho de disminuirla. No es nada glorioso, sino tristemente repugnante. Sólo malas lenguas pueden hablar así y esa clase de gente es mediocre, aunque se vista de corbata o lleve pantalón de mendigozale. Todos quienes dicen que la mujer participó en la guerra nada más por el afán de… ¡mentira! Son cerdos, nada más”.

Durante la ocupación nazi de Francia, colaboró con la resistencia y en la lucha contra los nazis en Iparralde. La casa suya fue refugio de la resistencia, especialmente de la vasca, convirtiéndose también en centro de operaciones antinazis y antifranquistas en la organización de grupos de acción a las selvas de Irati.

A finales de los 50, conectó con la nueva oleada de refugiados y refugiadas vascas. Se solidarizó fuertemente con la lucha de Euskadi Ta Askatasuna. En realidad, Kasi, acogió hasta su muerte, en 1992, a cualquier persona perseguida por su actividad revolucionaria. Su modestia a la hora de valorar su papel en la lucha y su discreción eran proverbiales. Sólo tras mucho insistir, y gracias a los buenos oficios de Manuel Chiapuso y el propio Liki, desgranó algunos de sus recuerdos que han sido recogidos en escuetos testimonios. En 1985 Luis María Jiménez de Aberasturi publicó una biografía: Casilda, miliciana. Historia de un sentimiento, en el que Kasilda Hernáez Vargas resta importancia a su historia. “En cuanto al balance de mi vida, me veo en un compromiso para poder responder. ¿Qué balance? ¿Puede tener un valor determinado la actuación de una persona a través de su vida? Es posible. Pero en una guerra como la nuestra, en que lo popular se mezcló íntimamente a lo particular, me parece difícil. No sé. No lo creo. De todos modos, este punto litigioso lo deben resolver los demás”.

Murió el 31 de agosto de 1992, fue enterrada en el cementerio de Biarritz. Por iniciativa de su amiga Begoña Gorospe se colocó la siguiente inscripción en su lápida: ‘Andra! Zu zera bukatzen ez den sua! (mujer, tú eres el fuego que no se apaga).