La izquierda española debe alinearse políticamente con la Primavera Catalana. Debe tomar partido. Debe asumir sus responsabilidades. Puede y debe hacer pueblo.

En España siempre ha habido una enorme base poblacional tan pronta a la revolución como al vivan las caenas. Dependiendo que teclas se pulsen suena Durruti o suena Queipo. No se trata de dos Españas. Es una sola y esquizoide. El tema de los manteros y los comités de defensa de la república, hábilmente manipulados en redes están activando un discurso abiertamente fascista. Un discurso en gente que perfectamente cabía en la base social de Podemos hace dos años. Lo he visto en gente muy cercana. No sé qué tipo de estrategia se plantea fuera de Catalunya (donde si hay una estrategia constituyente de izquierdas), ni siquiera sé si la hay (sigo de cerca ese España en marcha de Podemos, pero ni yo me lo creo ni creo que ellos lo creen). Un hecho es cierto, las bases para la extrema derecha en España están cristalizando en torno a un discurso e imaginario comunes. No creo que tarde en cobrar la forma partido. El Hogar Social ya va cerca de los 80.000 likes. En tiempos de bots y de ciberactivismo esto bien podría no significar demasiado, pero si uno piensa que Ciudadanos Madrid no llega a los 30.000 las cosas cambian un poco.

Este es el momento histórico de la derecha populista. Su ventana de oportunidad está abierta. Las condiciones están dadas. Algo se activó en decenas, sino centenas de miles de españoles/as. Algo a la vez se derrumbó. Lo que cobró vida es una pulsión de poder, estaba ahí, enclaustrada, retenida. Mientras sociólogos y analistas se satisfacían del milagro español, donde la extrema derecha no tiene lugar, el deseo, la voluntad de poder crecía. Ese monstruo podría haberse quedado ahí, en las entrañas, mezclado con la bilis y el resentimiento, pero la frontera ética que definía lo fascista y lo racista como algo imposible también se ha derrumbado. Podemos corrió a señalar medio asustado, medio confundido, al independentismo catalán como cómplices de la revolución conservadora que se ha desatado en el Estado Español. No se si harán lo mismo con los manteros. En cualquier caso, no quieren darse cuenta de que las reacciones desmesuradas ante estos eventos no forman parte de la inocente, aunque cabreada opinión pública. Son el síntoma de un fascismo que crece. Un fascismo que se multiplica. Un fascismo que no es de conspiranoia, ni de neonazis. Es un fascismo popular, de masas, un fascismo de hegemonía. Un fascismo que se vislumbra en los gestos cómplices ante comentarios que hasta hace bien poco eran objeto de reproche. Un fascismo que se regocija ante el despliegue del aparato policial y judicial contra cargos electos.

Un fascismo con ansias y vocación de estado
El penúltimo episodio de racismo institucional sucedido en Madrid, junto con el asesinato de un niño en Almería ha servido como detonador de un racismo popular. Ha roto la barrera de lo políticamente correcto. Ha abierto las puertas de las complicidades abiertas, de los flujos de comunicación fluidos basados en el racismo. Ya no se trata de bromas en wasap, los comentarios abiertamente nazis se postean públicamente. En los bares se menciona de manera explícita lo que hay que hacer con las migrantes, no hablo de las de Pozuelo si no de las de Vallecas o Moratalaz.

¿Qué hacer? ¿Cómo hacer?

Las preguntas del millón. Tenemos la suerte de que no hay que responderlas. Están acto. Son primavera y suceden en Catalunya. Los Comités de Defensa de la República señalan qué hacer y cómo hacer. Muestran la articulación política entre calle, teoría y acontecimiento. ¿Es posible rearticular un discurso de lo nacional y lo popular que no suene rancio ni excluyente, a cabra de la legión o a mentira para la foto? Es posible. ¿Es posible construir una alianza activa con elementos de la burguesía liberal para establecer movilizaciones sociales que requieren alta implicación y consensos transversales?, es desde luego posible. ¿Es posible construir una articulación orgánica entre elementos intelectuales, burócratas de partido, movimientos vecinales y estudiantiles, todo ello integrando territorios rurales y urbanos? Es posible. ¿Es posible construir una contralogística de amplio alcance capaz de sostener en el tiempo una tensión con un Estado con el machete en la boca? Es posible.

En definitiva: ¿es posible hacer pueblo abanderando causas progresistas, transversales, revolucionarias, feministas, antifascistas e internacionalistas? Es posible. Los Comités de Defensa de la República son la muestra de que la potencia sigue presente, la llama viva. Las izquierdas del resto del Estado no deben mirar con resquemor, tampoco para otro lado. Deben apoyar, deben tomar nota, deben hacer una lectura política adecuada y autocrítica. Es desde luego dificil. La trampa en la que la izquierda española se ha metido es compleja. Por un lado, defendía la idea de plurinacionalidad. Por el otro la negaba. Por un lado, tendía puentes, por el otro los quemaba. Faltaba algo que valora ese pueblo esquizoide que es el español. Coherencia. Coherencia ya sea en la locura o la lucidez. Coherencia y vehemencia. Decidieron no tomar partido, que es la mejor forma de hacerlo por el dominante, y ha salido mal. Sigue saliendo mal. Ya lo decía Solón “Quien en la guerra civil no tome partido será golpeado por la infamia y perderá todo derecho político”.

Los Comités de Defensa de la República son la primera de las estructuras probables que nos permitirán resistir a la oleada fascista del siglo XXI. No se trata de independencia o no independencia. Se trata de establecer las bases de la lucha contra el fascismo, contra el capitalismo. Las bases de la articulación popular. ¿Quién cree que, a estas alturas de la partida, el cambio de denominación de comunidad a república puede llegar a significar algo? Las relaciones de poder entre los territorios no cambian por que se alteren unas líneas en sus estatutos o constituciones. Cambian por que las relaciones de poder, las relaciones de fuerza se organizan de otra manera. Lo que está en juego en la `Primavera Catalana, es una recomposición de fuerzas que sitúa del lado de los comités organizados, de los pueblos, la iniciativa política. Una iniciativa que solo puede ser contenida mediante el terrorismo de Estado en su forma judicial. El resto de los territorios del estado español, ya se reclamen como nacionalidades, regiones o comunidades, tiene mucho que ganar con el auge de los Comités de Defensa de la República. España no corre riesgo de romperse por una hipotética independencia Catalana. Los historiadores saben que las fronteras son volubles. No hay estado ni en Europa ni en el mundo, que no haya cambiado en los últimos 75 años (es absolutamente falso eso de que Portugal o España hayan visto inalteradas sus fronteras, baste si no mirar la perdida de sus colonias, consideradas parte integral del territorio nacional). España no va a romperse por que se altere la composición de sus territorios, pero si lo puede hacer de seguir avanzando el fascismo. Un fascismo judicial que rompe las libertades. Un fascismo neoliberal que rompe el futuro. Un fascismo que se extiende como un veneno diluyendo el lazo social del que tanto hablan los sociólogos.

La izquierda española debe alinearse políticamente con la primavera catalana. Debe tomar partido. Debe asumir sus responsabilidades. Puede y debe hacer pueblo. Tomemos ejemplo de los Comités de Defensa de la República, se avecinan tiempos aciagos.