Un policía disparó en la entrada de la discoteca. La versión oficial señaló que se había tropezado. Unos meses más tarde, la víctima sería Mitxel Guerendian, conocido militante abertzale de Sara, que recibió un tiro de un suboficial del Ejército español. Salvó la vida.

El mercenario Manuel Fernández Aceña fue condenado por la muerte de Jean Pierre Leiba, al que mató en la estación de Hendaia en 1984 en nombre de los GAL. Según su confesión, fue quien facilitó a su contacto en el cuartel de Intxaurrondo la fotografía de Juan Carlos García Goena, el último muerto por el grupo paramilitar español, en 1987. Fernández Aceña fue detenido hace poco más de un año acusado esta vez de ser mercenario yihadista.

En sus intervenciones mediáticas, el sicario refería siempre a una discoteca de Irun, como centro de reuniones, encuentro e incluso depósito bélico. Se trataba de la discoteca Gwendolyne, en la calle Estación, inaugurada en 1970 por el entonces jovencito Julio Iglesias quien ese mismo año había cantado una canción con el mismo nombre en el Festival de Eurovisión.

La discoteca fue una pesadilla para los vecinos que presentaron a lo largo de los años numerosas denuncias. En la década de 1980, el entonces alcalde Alberto Buen tuvo que recibir más de una vez las quejas sobre las peleas que se generaban tanto en el interior como en el exterior de la discoteca. Algunas de ellas acabaron a tiros. Por la sencilla razón de que eran asiduos clientes los amigos de Fernández Aceña del acantonamiento de Intxaurrondo, militares del cuartel de Landetxa y agentes de las Fuerzas de Seguridad del Estado. Los que recuerdan esa época dicen que los encontronazos se producían, especialmente, entre vecinos de Ipar Euskal Herria, clientes habituales del recinto, y agentes policiales.

En noviembre de 1987, un joven camionero belga recibió un tiro en el interior del bar. Murió en el acto. Se llamaba Erik Haelewyn y tenía 26 años. Los testigos aludieron a una discusión. Los autores, dos hombres armados, huyeron. Por la mañana, ante los rumores que circularon por Irun, el comisario jefe de la localidad fronteriza desmintió que «como se está divulgando, los agresores pertenezcan a ningún Cuerpo de Seguridad del Estado». La Policía Municipal, sin embargo, había logrado anotar la matrícula del vehículo que huyó. Y esa dato fue suficiente para identificar a los agentes, guardia civiles destinados en otro puesto fronterizo, en el de Urdax, en Nafarroa.

La muerte de Haelewyn destapó numerosos incidentes en el mismo escenario. Algunos de ellos muy recientes al trágico suceso. A comienzos de ese mismo año de 1987, un policía disparó en la entrada de la discoteca. La versión oficial señaló que se había tropezado. Unos meses más tarde, la víctima sería Mitxel Guerendian, conocido militante abertzale de Sara, que recibió un tiro de un suboficial del Ejército español. Salvó la vida, afortunadamente.

Unos años antes, un vecino de Pasaia, localidad cercana a Irun, que se ganaba la vida tocando la batería en una orquesta, salía de la discoteca Jai Alai de Eibar, después de una actuación. Se llamaba Alberto Soliño y tenía tres hijos. Con uno de sus compañeros intentaba meter el órgano de la orquesta en su vehículo. Otro coche aparcado lo impedía. Dijeron los testigos que Alberto se dirigió amablemente al dueño del coche y le pidió que lo moviera. Recibió un tiro en la frente. Murió en el acto. El agente de paisano que le disparó fue dirigente, con posterioridad, del Sindicato Unificado de la Guardia Civil (SUGC).

No muy lejos de Pasaia, y años más tarde, también en una sala de fiestas, esta vez Apolo de Errenteria, un policía, también de paisano, entraba a las seis de la mañana. Pidió una consumición que los camareros, que estaban recogiendo el local se la negaron. Sacó un arma, apuntó a varios parroquianos y disparó. Vicente Vadillo, Francis, murió en el acto por una bala que le destrozó el semblante. La víctima, travestí, sufrió una segunda victimización. La nota oficial señalaba que «en el momento de su muerte estaba vestido con ropas de mujer». Al parecer eximente para el homicida.

La muerte de Francis tuvo un recorrido excepcional. Los compañeros del policía implicado cargaron en la protesta posterior, en la que estaban los padres de la víctima, y llegaron a entrar, a porrazo limpio, en el Ayuntamiento de Errenteria donde se estaba celebrando un pleno que condenaría los hechos.

En la sala de fiesta Bordatxo de Doneztebe, tres jóvenes se cruzaron con un guardia civil de paisano, del cuartel de Bera. Eran poco más de las tres de la madrugada. Riña en la pista de baile y el agente que saca la pistola y dispara. Santiago Navas muere del primer disparo. A José Javier Nuin le descerraja un tiro y ya en el suelo le remata. El guardia civil se dirige a un tercero, José Antonio Díaz, a quien dispara y deja malherido. Se detiene la música, se encienden las luces. El agente intenta disparar nuevamente pero se le encasquilla la pistola. Dos muertos y un herido grave.

Junio de 1993, en Otxarkoaga. Un guardia civil, según la nota oficial expulsado del Cuerpo, entra en un bar y se lía a tiros. Juan Carlos López Castañares recibe cinco impactos que le causarán la muerte. También resultarán heridos otros parroquianos, entre ellos un niño de tres años de edad. El autor, dicen las crónicas, aunque identificado, se dio a la fuga.

Pocos años antes, no lejos del anterior lugar, en el Bar Los Arcos de Barakaldo, entra la Policía Nacional, nuevamente de paisano. La versión oficial y la de los testigos no coincidió en casi nada. Eran las 12 de la noche. Sin mediar palabra, uno de los policías disparó contra José Luis Sancha Lasa, que acababa de cumplir 17 años. ¿Lógica? La policía llevó detenidos al propietario del bar y a seis de los clientes. Mientras, el gobernador fabricó la versión que lanzaría a los medios, la habitual “versión oficial”.

En un bar del barrio de San Francisco, un guardia civil de paisano mató de un tiro a Bonifacio Martínez Celemín. La nota gubernativa recurrió al término “reyerta”. A Félix Arnaiz Maeso le mató un guardia urbano de Erromo. Dijeron que un individuo sin identificar y el agente municipal tuvieron una discusión en un bar. Que la autoridad fue insultada y que el policía disparó. Arnaiz, que según la prensa “pasaba por allí” tuvo la mala fortuna de recibir un disparo perdido. Murió cuando lo trasladaban a Cruces.

Manuel Pérez Gómez era vecino de Bastida y se dirigió, junto a su hermano, a las fiestas de Haro. En la discoteca La Masía entablaron un diálogo con dos chicas. Relación que fue interrumpida por un guardia civil de paisano. Sin mediar palabra se dirigió a Manuel y le disparó directamente al corazón. Alfredo San Sebastián, a la puerta de la discoteca Zigor de Mungia. Un guardia civil le descerrajó un tiro. Se desangró y murió.

En Gasteiz, bar Las Vegas, barrio de Zaramaga, el mismo en el que unos años antes policías en servicio mataron a cinco trabajadores. Entra un policía de paisano, al parecer embriagado. El dueño del local se niega a dispensarle un whisky y en su lugar le ofrece un refresco. Disparos y dos muertos, el propietario del bar y un cliente: Justo López de Zubiria y Félix Minguela Sanz, repartidor de butano.

Los incidentes en tabernas, bares, discotecas en los que se vieron implicados agentes de la autoridad han sido numerosos. La diferencia en las riñas, cuando se produjeron, abismal (las versiones oficiales no pueden ser fuente fiable, y algunos las siguen utilizando para negar su responsabilidad). Unos armados, los otros desarmados. El poder de una pistola es enorme.

El Gobierno vasco, en su informe “Retratos municipales de las vulneraciones del derecho a la vida en el caso vasco” dice textualmente: “El uso indebido de armas por parte de policías causó la muerte de 13 personas hasta 1981, muchas de ellas tuvieron como escenario los establecimientos hosteleros”. En fechas posteriores también hubo muertos por armas de fuego en establecimientos hosteleros, bares, discotecas. ¿Cuántos? Decenas de heridos también. Huérfanos, viudas... Algún día habrá que censarlos.