No, no estamos ni nos sentimos derrotados. Vencimos. Ese fue nuestro gran problema. Ahora estamos pagando las consecuencias.

Me preguntan cómo es vivir en Venezuela hoy día, y digo que se vive con tal intensidad que ya quisieran que quedáramos reducidos a un universo de supervivientes. Se vive, y ya sabemos que eso en este mundo es un pecado. Se vive como si no tuviéramos otra opción sino jugárnosla de vida o muerte. Se vive como puede vivirse en el centro del huracán, aunque no deja de dar un poco de vergüenza, porque uno bien sabe que muchos otros pueblos, igualmente hermosos, resueltos, lo pasan mucho peor, y al lado de sus tragedias nuestras circunstancias son, cómo decirlo, menos apremiantes.

Y los que hablan de las nuestras, de nuestras tragedias, como cosa novísima, y se indignan como solo pueden indignarse quienes ejercen la indignación como profesión de mala fe, y hablan y hablan sobre el pueblo sufriente comiendo comida de la basura o muriendo por falta de medicinas, a esos solo les importan sus privilegios, así haya que bombardear mil pueblos para satisfacerlos, así haya que desatar mil huracanes, y tú y yo y nosotros en el centro del huracán, y al mismo tiempo en el cadalso, como marchan al cadalso los culpables de vida, nada más que para poder ver más de cerca, a la cara, a los verdugos y manifestarles que, al menos por ahora, ha llegado a su fin el tiempo de las ejecuciones.

Así vivimos, viendo cómo los verdugos nos acusan de ser un mal ejemplo, que mejor no hacer tal o cual cosa y hacer tal o cual otra, todo con tal de no ser como Venezuela, no terminar como Venezuela. Razón no les falta: nadie tendría por qué perder el tiempo intentando ser lo que no es. El problema es cuando un tercero te convence de que es mejor evitar, a toda costa, ser uno mismo, y hace que sientas miedo hasta de tu propia sombra.

Y uno se pregunta, desde esta Venezuela de pie, cómo será vivir en un país arrodillado, cómo será habitar el alma infinitesimal de los seres que solo ven por su propia comodidad, que solo pueden sentirse seguros caminando por sus calles pulcras de tanto barrer la inmundicia debajo del pavimento, que solo se sienten plenos, satisfechos, si pueden elegir entre cincuenta marcas de detergente; que solo pueden sentirse libres en la ciudad que les ha sido reservada, para que allí puedan ser intrépidos, audaces, rápidos, furiosos, y donde los miserables y andrajosos no deambulan, porque están más allá de los muros visibles o invisibles.

Recibimos muchas burlas, claro que sí, y nos acusan de locos, idiotas e insensatos, y nos sacan en cara nuestras miserias, y actúan como si no hubiera mayor miseria que ser venezolano y chavista y vivir y querer vivir en Venezuela. No será la primera ni la última, la tradición es antiquísima: el mismísimo Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdez, primer cronista de Indias, se encargó de hacer lo propio con nuestros antepasados. Pero tal parece que la mala conciencia, algún recóndito escrúpulo, llegaron a agobiarlo: no pudo evitar comparar a nuestros caribes, fuertes, bravos, osados, con el mismísimo Hércules.

Tenemos que lidiar con el resoplido de las bestias que, a cada tanto, nos prometen más privaciones, porque sí y porque no: porque pueden, porque es su voluntad y disponen de los medios para imponerla; porque no pueden entender de dónde sacamos nuestra fuerza, nuestra bravura, nuestra osadía. A veces me da por pensar que nos admiran en secreto, y siento pena, porque eso debe resultarles infinitamente insoportable.

No, no estamos ni nos sentimos derrotados. Vencimos. Ese fue nuestro gran problema. Ahora estamos pagando las consecuencias.