La historia de ETA, de sus militantes, de los partidos que nacieron de ella va más allá de su actividad armada y entronca con profundos movimientos políticos que han marcado el devenir de las últimas cinco décadas en Euskal Herria y en el Estado español.

Hace cuatro meses y unos pocos días murió Josemari, veterano gudari nacido en 1938. En estas fechas históricas lo recuerdo un mediodía en la barra del bar, con su zurito sin alcohol –órdenes de su médica– mirando a la televisión que tenía conectados los subtítulos que permiten seguir el contenido del informativo aunque no se puede oír. En la imagen, Iñigo Urkullu incidiendo en que, no recuerdo si ETA en concreto o la izquierda abertzale en general, debía reconocer «el daño injusto causado a todas las víctimas, a todas sin excepción».

Josemari posó el vaso en la barra despacito y respirando hondo, nos miró y preguntó al aire «¿cuál era la forma justa de que Melitón Manzanas dejara de torturar? ¿Denunciarlo a la Policía? ¿Esperar que lo juzgaran los tribunales franquistas?». Antes de que pudiéramos contestarle, siguió: «¿O lo justo era dejar que nos siguiera machacando?»

Nos quedamos pensando –yo al menos– cuánta hipocresía hay en algunos discursos político. Debe haber memoria, claro está, una memoria completa. Cuando en las verbenas de Euskal Herria los jerséis se lanzaban al aire impulsados por el «eup, lara», había celebración por un atentado de ETA. Una explosión que, por cierto, dejó a Francisco Franco sin su heredero para continuar con el franquismo.

Se pretende en estos días despojar a la actividad de ETA de su carácter político, pero hay que preguntarse, por ejemplo, qué habría pasado si el almirante Luis Carrero Blanco hubiera sobrevivido a Francisco Franco. Con independencia de la opinión o juicio ético que cada cual tenga sobre la actividad armada de ETA, lo que no se puede negar es su incidencia política y, en el ejemplo que nos ocupa, su contribución decisiva al final del franquismo.

En una tertulia radiofónica reciente, un conocido y popular ex senador del PNV diferenciaba entre la ETA del franquismo y la posterior. A la que se rebeló contra la dictadura le concedía cierta justificación.

Es éste un terreno muy resbaladizo, puesto que el juicio ético («matar siempre estuvo mal») es sustituido por los análisis políticos y estratégicos («matar estuvo mal o no tanto, según cuando y a quién»). ¿Y dónde se pone ahí la frontera temporal entre el bien y el mal? ¿En 1975, en la amnistía de 1977, en el referéndum de la Constitución de 1978 (rechazada en Euskal Herria), en la aprobación del Estatuto de la CAV en 1979 o en la del Amejoramiento del Fuero navarro de 1982?

A lo largo de su historia, ETA ha sufrido escisiones y agrupaciones de sectores antes divididos, en unos casos para abandonar la lucha armada y en otros para mantenerla, retomarla o amenazar al menos con hacerlo. Algunos protagonistas de esos movimientos siguieron después en activo en la política vasca, bien liderando formaciones, bien en cargos intermedios de partidos e instituciones o bien como comentaristas en medios de comunicación. Y entre ellos hay un nexo común: consideran que la lucha armada estuvo más o menos justificada hasta que cada uno de ellos decidió abandonarla.

Según notables investigadores, ETA fue fruto y semilla de un resurgir político en Euskal Herria en los años 60; las nuevas generaciones se sacudían el terror que producía la represión franquista y el recuerdo paralizante de la guerra y comenzaban a organizarse, generando un cierto efecto dominó.

ETA introdujo importantes innovaciones en el pensamiento político vasco, actualizando las ideas que en las primeras décadas del pasado siglo habían esbozado los primeros partidos abertzales de izquierda, como ANV. Una nueva conjunción entre la lucha de clases y la lucha de liberación nacional, un renovado concepto de quién podía considerarse como vasco o vasca, no en base a su lugar de nacimiento sino al de trabajo. Se dio también otra importancia al idioma y a la cultura que rompió moldes pretéritos.

Antes de optar por la vía armada, ETA ya supuso todo un revulsivo en el mapa político, dando lugar después a una cascada de siglas de distintas organizaciones de izquierda.

Resulta llamativo que, hoy por hoy, el único partido que tiene en su denominación una sigla relacionada directamente con ETA es el PSE-EE, con ese Euskadiko Ezkerra tan íntimamente ligado con ETA pm.

Con un lazo azul en la solapa, la secretaria general del PSE-EE, Idoia Mendia, compareció el jueves ante los medios para criticar que ETA anunciara su final «sin pedir perdón» a todas las víctimas, sin renunciar a su pasado, y con un comunicado «cargado de las mentiras y el cinismo de siempre».

En este punto parece oportuno recordar que en estos momentos en las filas del PSE-EE, y también del PNV y, por supuesto, en las instituciones que en la actualidad gobiernan ambos partidos o las que han gobernado con anterioridad hay no pocos ex miembros de ETA pm o de EIA-EE. Y ETA pm se disolvió sin pedir perdón, como ahora exige Idoia Mendia, y no solo no renunció a su pasado, sino que lo reivindicó abiertamente.

En la rueda de prensa en el frontón de Biarritz, sus dirigentes declararon a cara descubierta (tenían un acuerdo con el Gobierno de UCD) que «pensamos que la violencia armada era necesaria en un momento determinado, pero hoy estamos convencidos de que son los valores y la lucha democrática los que en un avance de conciencia y organización del pueblo pueden dar soluciones verdaderas a los problemas de Euskadi». Según su conclusión «la lucha armada y ETA ya han cumplido su papel». Convendría traer a la memoria que ETA pm realizó acciones armadas en defensa del actual Estatuto de la CAV.

En determinados medios se habla mucho estos días de los atentados de ETA que quedan por esclarecer, quizá puedan tener datos sobre algunos los ex polimilis que ahora militan en las filas del PSE-EE o del PNV o tienen cargos institucionales.

No hay coincidencia en cuántos son los atentados de ETA cuyos autores no han sido descubiertos por la Policía. Porque aquí reside el quid de esta cuestión. Parece que se intenta hacer ver como si existiera una cierta impunidad sobre parte de la actividad de ETA, cuando eso no es cierto. Si hay acciones de ETA sin autoría personal conocida es por carencias de las FSE y de los jueces de la Audiencia Nacional en sus investigaciones. ¿De verdad cree alguien que una organización que ya no existe debería hoy revelar la identidad de los ex militantes que ejecutaron sus órdenes hace veinte o treinta años y que no han sido detenidos o imputados por esos hechos hasta ahora?

En este apartado habría que recordar dos puntos sumamente graves. Por una parte, que existe constancia documentada de que ciudadanas y ciudadanos vascas han sido condenados por acciones que no cometieron en base a autoinculpaciones y declaraciones obtenidas mediante la tortura.

Y dos, que sobre las actuaciones de terrorismo de Estado, sea a través de actuaciones parapoliciales o dentro de los cuartelillos y comisarías, sí que se ha tejido toda una telaraña de impunidad basada en la no investigación, la exculpación, la laxitud judicial, la complicidad mediática y, cuando todo lo anterior no era suficiente, a través de los indultos del Gobierno español de turno.

Como la de ETA, la vida de Josemari también fue demasiado larga como para resumirla en fotos de atentados. Antinuclear convencido, solía recordar cómo la conjunción de la movilización popular masiva, las acciones de sabotaje descentralizadas y la acción directa de ETA consiguieron que las centrales nucleares de Deba, Ispaster y Tutera nunca fuera más allá de los planes en papel y la de Lemoiz se consiguiera parar antes de la llegada del uranio. No nos explicó qué parte de protagonismo daba a cada modo de lucha en aquella victoria popular antinuclear.

Por contra, solía ser más locuaz cuando en la tele aparecía el actual Jonan Fernández y él se acordaba de los tiempos en los que se forzó el cambio de trazado de la autovía de Leitzaran.

Josemari –está dicho– murió a finales del pasado año. Asumió toda la vida las consecuencias de su militancia padecidas en carne propia. Nos mostró cuando creyó conveniente la responsabilidad íntima que arrastraba por algunas de las cosas que había decidido y aceptado hacer. Una historia demasiado larga para simplificarla al maniqueísmo que hoy prevalece en discurso oficiales y mediáticos.