Desde que la revolución bolivariana llegó al poder en Venezuela, tuvo en el espectro mediático uno de los principales escenarios de confrontación. Incluso antes de sus victorias políticas, apenas Hugo Chávez empezó a ser una amenaza cierta para las élites económicas y políticas del país, el poderío mediático, que estaba por completo en manos de estas élites, enfiló en su contra. Censura y satanización fueron los métodos.

I
A finales de los 90, cuando ya no podía obviarse la importancia que el movimiento político organizado por Chávez iba cobrando en el país y no podían negarle espacio porque era el candidato presidencial con mayor probabilidad de ser electo, la mediática nacional lo admitió para incidir negativamente en su imagen y frenar su creciente popularidad. Así, fue etiquetado como “el candidato del odio”.

En la campaña electoral de 1998 tuvo alta rotación en los canales de televisión nacionales una cuña titulada “Las amenazas de Chávez”. Junto a la imagen de un falso recorte de prensa, un imitador profesional reproducía la voz de Chávez diciendo: “Eliminaré a los adecos de la faz de la tierra”, y luego, acompañada por imágenes de sartenes con aceite hirviendo, la voz decía: “Le voy a freír la cabeza en aceite a los adecos”. Con adecos se referían, de manera popular, a las personas del partido Acción Democráctica (AD). La cuña concluía con una boina roja (pieza que Chávez usaba frecuentemente) y un fusil siendo cubiertos por un grupo de manos, mientras una voz en off decía: “Somos más fuertes que el odio”.

El discurso mediático contra Chávez y el pueblo chavista continuó en escalada de violencia y agresividad hasta desencadenarse, en primer momento, en el golpe de Estado de abril de 2002. 


II
Fabricados suficientemente Chávez y sus seguidores como icono del terror y la violencia, la operación mediática de abril de 2002 fue el cierre perfecto. La oposición convocó una gran marcha y la condujo al Palacio de Gobierno, en donde se provocaría un choque contra la movilización chavista que allí se encontraba: los blindados de la Policía Metropolitana (conjurada en la conspiración) avanzaron intentando abrir paso con disparos entre la movilización chavista, lo que provocó respuesta, también con disparos. En el sitio estaba preparada la celada en la que chavistas y opositores serían asesinados por francotiradores.

Una cámara de Venevisión grabó la defensa armada del chavismo ante la agresión armada de francotiradores y policías, para luego difundir esas imágenes como si fuera un ataque de bandas chavistas en contra de la marcha pacífica: “Las bandas que el propio gobierno pagaba y proveía con armas se encargaron de sembrar el terror en medio de una pacífica marcha”, “Todos nos horrorizamos viendo cómo disparaban a mansalva sobre una multitud inerme”. Eso decían locutoras y locutores, sin mostrar a la Policía Metropolitana disparando a la movilización chavista.

El montaje audiovisual construyó una ilusión de continuidad entre los chavistas disparando a la policía y los muertos y heridos siendo recogidos y cargados, grabados horas antes. Un video de una parte del alto mando militar (grabado el día anterior según se supo después) pronunciándose en contra de Chávez tras responsabilizarlo por las muertes cerró la operación.

La importancia de la participación de los medios se confesó en vivo y directo luego de consumado el golpe: “Gracias, Venevisión; gracias, RCTV, gracias, Televen; gracias, CMT; gracias, Globovisión. Gracias, medios de comunicación”. Una frase del conductor no deja lugar a dudas: “El trabajo de los dueños de los medios, que arriesgaron no solamente su vida sino también sus millones, es digno de aplauso”.

Durante el sabotaje petrolero, todos los medios suprimieron voluntariamente la publicidad para transmitir propaganda a favor del sabotaje, incitando a un alzamiento militar e interpelaciones directas al presidente de la República, del tipo: “¡Fuera, vete ya!”. A 17.500 ascendió el número de anuncios difundidos en un lapso de dos meses.

III
La gravedad de estos hechos derivó en leyes que imponen un control más riguroso sobre el accionar de los medios de comunicación. De allí que, en años siguientes, las conspiraciones mediáticas se concentraran en internet, redes sociales y medios de comunicación internacionales. Desde esos espacios mediáticos se configuraron las operaciones contra el presidente Nicolás Maduro orquestadas en la primera mitad del año 2014 y entre abril y julio de 2017.

El común denominador de estas acciones fue la construcción de escenarios de violencia entre civiles y cuerpos de seguridad pública, en los que hubiera personas heridas y fallecidas, para elaborar un relato que sentenciaba al gobierno de Maduro como responsable de represión, violaciones a derechos humanos y muerte.

El mismo método de abril de 2002 con algunas variaciones: ya no era un solo enfrentamiento sino múltiples, y no era una sola noche de noticieros de TV sino la viralización en redes sociales e internet de cada acción, cada confrontación, cada persona fallecida, día tras día, mes a mes, con la sentencia previamente definida. El eco amplificado en medios de comunicación fuera de Venezuela cerraba el ciclo. 


IV
Las elecciones presidenciales del 20 de mayo de este año, en las que fue reelecto Nicolás Maduro como presidente de Venezuela, son el episodio más reciente de esta guerra, con un nuevo y determinante elemento en el tablero: tras casi dos décadas de construcción mediática del gobierno venezolano como un régimen antidemocrático, ese relato cobró formalidad política con el decreto del ex-presidente Obama del año 2015 según el cual Venezuela es una amenaza inusual y extraordinaria contra la democracia y la paz en la región. Con el ascenso al poder de Donald Trump, esto alcanzó mayor nivel de intensidad: frecuentes declaraciones directas de altos funcionarios del gobierno, amenazas militares, aplicación de sanciones económicas.

Con ello, las vocerías políticas de distintos países, de la OEA y la Unión Europea tuvieron luz verde para asumir frontalmente esa terminología. Hoy, el discurso mediático contra Venezuela tiene allí su principal sustento. Las vocerías son amplificadas a nivel mundial, mientras se censura a las vocerías oficiales de Venezuela o de países y personalidades políticas que no se pliegan a este discurso.

“Por qué las elecciones en Venezuela serán un megafraude de históricas proporciones”, sentenciaba un titular del New Herald días antes del 20 de mayo. A principios de mes Mike Pence, secretario de Estado de EEUU, ya había dictado la línea en la OEA: “No habrá elecciones reales en Venezuela, y el mundo lo sabe”.

“Se trata de una farsa electoral que busca prolongar una dictadura”, afirmaba el 19 de mayo Luis Almagro, secretario general de la OEA, a través de su cuenta Twitter. Lo mismo publicó la CIDH el 18 de mayo en su Twitter: “Elecciones convocadas para 20/mayo en Venezuela no cumplen con condiciones mínimas necesarias para realización de elecciones libres”. Y también el presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, en su Twitter oficial: “Reitero que no reconoceremos el resultado de esas elecciones”.

Antes de sucedidas las elecciones, sin pruebas ni demostraciones de ningún tipo y sin ninguna información extraída del terreno, ya estaba decidido el desconocimiento de la institucionalidad democrática venezolana. Con ello estaban señaladas las fuentes y línea discursiva que debían tomar los medios en todo el mundo para tratar el evento electoral presidencial de Venezuela.

“Maduro se reelige como presidente en una farsa sin rivales”, tituló en primera página El País de España el 21 de mayo, en una maniobra verbal para sugerir la idea de la autoelección. “Maduro se proclama ganador en comicios desconocidos por la oposición y varios países”, escribió El Mercurio, de Chile, en la misma línea. Otros, como Clarín, de Argentina, desde una fachada de mayor objetividad, dan primero todos los datos oficiales de la elección, para luego desarrollar ampliamente el análisis deslegitimador, dándole más importancia a fuentes no oficiales: “El Grupo de Lima publicó en las redes sociales un informe elaborado por le encuestadora Meganálisis, cuyo Boletín nº5 afirmaba que la abstención era de 82% y había votado solo un 17% de los electores, es decir, 3,5 millones de personas”.

El 21 de mayo el secretario general de la OEA hizo lo suyo desde su Twitter: “Ayer 20 de mayo fue un día infame para la democracia de las Américas. El dictador Nicolás Maduro intentó sin éxito darle un ropaje democrático a su régimen totalitario”.

V
En 2002 la revolución bolivariana había ganado cinco elecciones, todas con altísimos niveles de participación, transparencia y confiabilidad, habiendo llegado al poder apenas en diciembre de 1998. Ese alud democratizador se expresaba no solamente en ese dato, sino en la aplicación de un nuevo modelo de democracia: 1) creación de instancias para la organización popular y su ejercicio del poder, 2) altísimos niveles de movilización popular, 3) participación popular masiva en debates y consultas sobre temas de interés nacional y alcance estratégico, 4) incorporación del pueblo organizado como pieza clave en ejecución de políticas públicas.

La política irrumpió en todos los ámbitos de la vida social y en todos los estratos, con lo cual se elevó vertiginosamente de la conciencia popular en temas como las contradicciones entre el pueblo y la oligarquía, la dominación imperialista sobre América Latina, la vinculación umbilical entre las élites políticas y económicas del país con los intereses económicos del capital transnacional y del poder político mundial. Eso comenzó a expandirse, además, por distintos países del continente.

Una cosa está clara: las élites económicas y políticas desplazadas del poder por esta avalancha democrática no tuvieron ni un ápice de duda al decidir enfrentar por todos los medios ese peligro y desconocer, sin escrúpulo alguno, la voluntad mayoritaria del pueblo venezolano.

Apuntaron entonces todo su arsenal mediático hacia un solo blanco: la democracia de Venezuela en tanto epicentro de un creciente proceso democratizador de las sociedades del continente. El objetivo: socavar los procesos de construcción de sistemas democráticos distintos a las democracias de élites funcionales a la preservación de sus intereses y del control que ejercen sobre las sociedades.

El proceso político venezolano es el de más profundo calado en la construcción de una democracia contraria a la de élites. Deslegitimarlo y propagar el constructo del gobierno venezolano como una dictadura cruenta es sembrar en el imaginario de los pueblos la aceptación de que sea derrocado ilegal y violentamente. En eso están y no descansarán en ese esfuerzo.

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Eduardo Viloria Daboín es documentalista. Coordina la revista venezolana Sacudón, forma parte de la Cooperativa Audiovisual La Célula y colabora con Pueblos-Revista de Información y Debate. Además, es responsable nacional de comunicación de la Corriente Revolucionaria Bolívar y Zamora.