Reinaldo Iturriza explica qué es el “Chavismo Salvaje” y con qué se come la Constituyente. Entrevista didáctica de su libro.

¿Qué demonios es el “chavismo salvaje”?

-La posibilidad de la política revolucionaria más allá del eje civilización/barbarie.

¿No cree que ese adjetivo puede hacer ver que los chavistas son unos salvajes y que no puede haber chavistas decentes?

-No creo. En todo caso, es un riesgo que vale la pena correr. Por cierto, no creo que haya nadie que se anime a leer un libro intitulado “El chavismo decente”.

Cuando uno ve a los voceros chavistas nadie podría imaginarse que son salvajes, ¿el término excluye a esos voceros?

-Al contrario, para alguna gente los chavistas no somos gente. Como lo planteo en el libro, el antichavismo tiende a brutalizar al chavismo: deshumanizándolo, criminalizándolo, estigmatizándolo.

Usted profundiza en el término “oficialismo”, ¿qué quiere decir para usted “oficialismo”?

-El oficialista ama el poder. Lo concibe como un fin en sí mismo. Si el antichavismo tiende a brutalizar al chavismo, el oficialismo lo embrutece. ¿En qué sentido? Para el oficialismo el pueblo chavista es un sujeto minusválido, que carece de algo (razón, inteligencia, formación política), un sujeto literalmente bruto, que debe ser conducido por el oficialista. A veces no es siquiera sujeto, sino objeto de asistencia: beneficiario, cliente.

¿Ser oficialista es bueno o es la muerte del salvajismo? ¿Debe aniquilarse el oficialismo o es un mal necesario?

-Es un fenómeno inevitable en todo proceso revolucionario. Un problema que hay que saber identificar. Una forma de ejercicio de la política que hay que mantener a raya. Allí donde se hace predominante, el proceso revolucionario pierde vitalidad.

¿Cuando habla de repolarización significa que el chavismo está perdiendo las coordenadas de clase?

-Sí. Es una forma de plantearlo. La polarización chavista pasa por el protagonismo de las clases populares, pero además implica la capacidad y la voluntad de establecer una relación de interlocución fluida con el resto de la sociedad: con la clase media, con estamentos como el militar, el religioso o el funcionariado, con la burguesía. Interlocución necesariamente conflictiva, incluso antagónica, pero procurando siempre gestionar el conflicto de manera democrática. Hay crisis de polarización en la medida en que las clases populares dejan de ser el sujeto central, protagónico, de la política. Es entonces cuando se hace necesario repolarizar.

¿No cree usted que el chavismo se ha convertido en una fuerza de domesticación de los salvajes, sobre todo por el uso de la renta del petróleo?

-No lo creo, o no creo que sea la forma correcta de plantearlo. Me parece, antes al contrario, que al chavismo lo define, precisamente, esa tensión entre líneas de fuerza que pugnan por domesticar al conjunto y otras líneas de fuerza que pugnan por impedirlo. Es la tensión oficialismo/chavismo salvaje.

¿Los salvajes de hoy: bachaqueros, malandros, hampa, recoge basura, buhoneros han dejado de ser chavistas? ¿No representan la ola que vendrá más que la que está ahorita mandando?

-El chavismo salvaje no es la trashumancia. Esa es una manera muy limitada de verlo. Tan limitada como la perspectiva marxista tradicional que siempre desconfió del chavismo por haber movilizado y politizado al lumpen. Ciertamente, el chavismo politizó incluso a una parte del lumpen, pero antes lo hizo, o lo hizo fundamentalmente con millones de hombres y mujeres de las clases populares, para quienes la política había significado, hasta entonces, un ejercicio ruin, deshonroso. Eso cambió con Chávez. Entonces, la política pasó a significar otra cosa: en primer lugar, un ejercicio de los iguales, de los comunes, y en segundo lugar, un ejercicio para resolver los problemas comunes. Ese pueblo que se politizó con Chávez sigue entre nosotros, en buena medida. Y hoy como ayer desconfía de la política tradicional. El chavismo no ha dejado de ser salvaje. El problema es que los políticos más tradicionales también siguen estando entre nosotros, tanto en el antichavismo como en el chavismo.

¿Cómo valora usted la actual jefatura del Psuv? ¿Cree que deben darse consultas o elecciones internas para refrescar la vocería o para darle un vuelco a la actual?

-La clase política chavista debe reinventarse. Pero parece muy poco dispuesta a hacerlo. Y debe reinventarse porque una clase política que no hace trabajo político en el territorio es imposible que haga política revolucionaria.

¿Cuáles son las tareas fundamentales para la repolitización o la repolarización del chavismo?

-El principio básico de la repolitización sigue siendo baipasear la vieja institucionalidad. Por ejemplo, respecto de los estragos causados por los ataques contra la economía nacional, lo peor que podemos hacer es ignorarlos o menospreciarlos. En lugar de ocultar o disimular la crisis, exponerla pedagógicamente. En cuanto a la repolarización, me parece que es necesario: 1. Retomar el acompañamiento y la promoción de los espacios de autogobierno popular; 2. Reconocer que hay un proceso de repliegue popular de la política, identificar las causas de este fenómeno, especialmente aquellas que puedan obedecer a errores nuestros, y crear las condiciones para revertir este proceso; y 3. Mantener una relación de interlocución fluida con la base social del antichavismo, ni siquiera principalmente con su clase política. Si incurrimos en el grave error de asimilar todo el antichavismo con la violencia y el fascismo, estaremos contribuyendo a la total degradación de la vida pública.

¿Cree usted que las elecciones son parte de la solución al actual conflicto?

-Por supuesto que sí. No hay Revolución Bolivariana sin elecciones. Fue el chavismo el que impuso la vía electoral como forma de dirimir democráticamente el conflicto político.

¿El uso del chavismo salvaje es una reformulación del concepto de “multitud” de Negri?

-No. No tiene relación con Negri.

¿Cómo vivió al oficialismo una vez siendo ministro? ¿Cambió su caracterización al respecto?

-Al contrario, lo comprendí mejor. Sobre eso escribo en la continuación de “El chavismo salvaje”. Un libro intitulado “Por una política caribe”.

A más de un año de su salida del Gabinete y pensando en fortalecer el chavismo en la crisis actual, ¿cree que es mejor suavizar la crítica a los gobernantes o por el contrario cree que hay que arreciarla?

-Con todo respeto, la pregunta parece expresar el tipo de falso dilema que suele plantearse el autodenominado “chavismo crítico”. Y la verdad, no quiero tener nada que ver con ese “chavismo”, porque se limita a una amarga enumeración de los errores del chavismo, pero no está dispuesto, no tiene vocación o simplemente no tienen capacidad para construir fuerza política real. Hay que fortalecer al chavismo, pero sobre todo construyendo, articulando fuerza política real. Y eso es imposible hacerlo sin crítica. Luego, hay que preservar los espacios conquistados. Y eso incluye nuestro Gobierno. Fortalecer y preservar. Fortalecer para preservar. La democracia venezolana está hoy día bajo asedio, como solo lo estuvo en 2002. Todo lo que hagamos o dejemos de hacer debe partir del reconocimiento de esa circunstancia.

¿Con qué se come la Constituyente?

-Se come con pueblo y en democracia. Eso en primer lugar. Maduro está convocando al poder constituyente originario para, en elecciones libres, democráticas, universales y secretas, dirimir un conflicto político que ya ha ido demasiado lejos. El proceso de degradación de la vida pública ha llegado a tal punto que cuando el Presidente de la República afirmó públicamente, el pasado 9 de abril, que estaba deseoso de que el árbitro electoral convocara a elecciones regionales, la oposición casi en pleno se manifestó en contra. De inmediato. Como ha hecho en innumerables oportunidades durante los últimos 18 años, lo interpretó como una señal de debilidad. ¿Debilidad frente a qué? ¿Frente a la violencia? Ni siquiera la mayoría de la base social del antichavismo desea la violencia. Y una parte de la clase política antichavista desea elecciones. Pero guarda un silencio cobarde, cómplice. Prefiere ver al país arder en llamas. Y ese silencio, sumado a la incapacidad de la base social antichavista para producir anticuerpos contra la violencia, para construir otros referentes políticos, es lo que nos tiene, en parte, en esta situación, sin desconocer en lo absoluto los errores del chavismo. Pero si de errores se trata, nosotros no podemos cometer el gravísimo error de quedarnos de brazos cruzados mientras observamos como parte de la clase política antichavista, alentada por factores de poder transnacionales, intenta crear las condiciones para que aquí se produzca un baño de sangre. En este orden de ideas, con todo y el riesgo político que implica para la Revolución Bolivariana, una Constituyente puede despejar la vía hacia un escenario de paz social, que es lo que desea la inmensa mayoría del pueblo venezolano.

En segundo lugar, están las implicaciones de la Constituyente a lo interno del campo bolivariano: la clase política chavista en general, quienes tienen cargos de dirección en el partido u ocupan posiciones de mando en el aparato estatal, a todo nivel, tienen que hacer un enorme esfuerzo y entender que nos estamos jugando la continuidad de la democracia participativa y protagónica; tienen que entender que el pueblo chavista reclama, exige cambios a profundidad, y la Constituyente debe servir como un espacio, como una oportunidad, para lograr tales cambios. La Constituyente no es para que los grupos tales o cuales preserven sus cuotas de poder y, en el peor de los casos, puedan seguir haciendo sus negocios. El pueblo chavista está francamente harto de la politiquería. La Constituyente debe ser un espacio para profundizar los cambios, para radicalizar la democracia, para cambiar todo lo que deba ser cambiado, y no para dejar las cosas como están.