El pleno del martes fue el último para Reguant (Barcelona, 1979), que pasa al Ayuntamiento. Y quizás haya sido también el último antes de la independencia o el último antes de la intervención estatal. Encrucijada tremenda que valora para GARA.

La pregunta del millón: ¿el pasado martes Puigdemont declaró la independencia?
En la CUP entendemos que no lo hizo, porque suspendió la Declaración sin hacerla. Constató los resultados del 1-0, pero no la declaró como tal.

Pareció que con ello echaba la pelota al tejado del Estado, pero el miércoles le vino de vuelta con la amenaza del 155. ¿Se ha perdido la iniciativa?
Se perdió la iniciativa en cuanto que se perdió una masa brutal de gente que ahora está absolutamente descolocada, y la gente es nuestra mejor arma, la única. No es irrecuperable, pero en ese momento la perdimos. Hay gente muy descolocada y un poco frustrada, pero sigue estando ahí, sigue siendo independentista o apostando por la ruptura del régimen del 78. Hay que seguir trabajando con ella. Con algunas personas costará. Habrá que explicarles bien qué es lo que pasó el martes, que no lo sabemos todavía.

¿Cuál es la hipótesis: exceso de tacticismo, miedo escénico, alguna interferencia externa...?
No lo sabemos. No se nos contó. Se nos avisó una hora antes. Teníamos la idea de que se proclamaba la República, con una Declaración de independencia que se leía en el hemiciclo, y luego había una posibilidad –no cerrada y que nosotros aceptábamos–, de una tregua de dos semanas para alguna posible mediación. Pero luego nos encontramos con que no había lectura de Declaración por ningún lado. No tenemos claro si hubo alguna llamada internacional a última hora, lo ponemos en duda. Si fue por tacticismo, no lo compartimos. Y también hay la impresión de que eso fue Convergència en estado puro; afloró el martes, pero ya lo habíamos visto antes con declaraciones de Marta Pascal o de Santi Vila, con una posición poco clara en Madrid ante una comisión de reforma constitucional... En la CUP queremos mediación, pero la mejor forma de lograrla es declarar la independencia.

¿A la CUP le consta alguna mediación concreta?
No. Solo sabemos lo que ha salido en prensa. Y hemos oído también que Rajoy lo ha desmentido.

Todo esto contradice ese relato de Madrid de que la CUP maneja a su antojo al Govern. No están en el gobierno y tampoco en esa sala de máquinas que algunos medios llaman «Estado Mayor del procés»...
Yo diría que hasta el 1 [referéndum] y el 3 de octubre [parón nacional] sí eran las decisiones de la CUP las que nos habían traído hasta aquí, habíamos marcado la línea de que sin desobediencia nada era posible. Si en algún momento estuvimos en esa sala de máquinas, hemos dejado de estarlo. Ahora recibimos las informaciones a posteriori. Después de aprobar los presupuestos ya dejamos de ser útiles parlamentariamente. En cuando a ese relato de Madrid, le interesa marcarnos como radicales y violentos para luego aplicar lo que hicieron en los años 80 y 90 en Euskal Herria. Sabemos que somos el eslabón más débil. Pablo Casado (PP) ya habló el otro día de la posibilidad de ilegalizar no solo a la CUP, sino a ERC e incluso al PDCat. Por eso hablan tanto de adelantar las elecciones y por eso tras el pleno del martes oímos que en el despacho de Ciudadanos lo estaban celebrando y le gritaban a Inés Arrimadas «presidenta, presidenta».

No me queda claro lo de la salida de la sala de máquinas, ¿se salió la CUP o les sacaron?
Simplemente cambió la sala y en la nueva ya no estábamos. Nos sacaron.

Ya le han pedido a Puigdemont por carta que acelere. ¿Esperar al 155 sería letal?
Sí. Y también es importantísimo tener a la gente activa, la gente es el motor de todo esto. Tenemos unos resultados que materializar, más de dos millones de personas fueron a votar superando como pudieron el miedo al Estado. Este país se legitimó mucho y el Estado se deslegitimó aún más.

En términos de país, ¿cómo valoran ese 1-0, que fue mucho más que una votación? ¿Les sorprendió?
Confiábamos en la gente, pero sí fue un tanto sorprendente lo que pasó a las 9.00: ver prácticas policiales casi de tortura masiva y cómo la gente salía, iba, aguantaba, tiraba de ingenio... Ganamos en la idea de que somos un pueblo movilizado y organizado frente a un Estado con toda su magnitud y dispuesto a todo. En Catalunya a veces se ha subestimado la capacidad del Estado, presentándolo como débil, poco serio... Se nos olvida que es todo un Estado, heredero del franquismo y empeñado en no dejar resquicios para ningún cambio por abajo. El rey hizo un discurso de jefe del Ejército más que de jefe de Estado. Y varios partidos de la oposición se han alineado con la sacrosanta unidad de España. En suma, estas semanas se ha visto aquí una cara del Estado que no se había visto pero que la CUP conocía.

Estamos en la encrucijada final y solo hay dos escenarios. Supongamos que gana la independencia; viene un proceso constituyente apasionante para la CUP, ¿cómo lo imagina?
Es hacer algo nunca hecho en Europa: construir una República que parta de las bases, participativa, transversal... La sociedad catalana no es de derechas, tiene valores que rompen con el marco de la Constitución. Lo que saldrá de ahí no será lo que querría la CUP, pero será mucho mejor que lo que hay.

¿Y si esto acaba en derrota? No quisiera ser alarmista, pero ¿el escenario para Catalunya será un 1714 o un 1939? ¿O no lo piensan siquiera?
Lo pensamos, claro. Habrá represión, seguro, pero esto va a ocurrir tanto en un escenario como en el otro. Esa represión hará más daño a las clases populares, pegará por abajo. Y habrá que ver cómo se reordena el mapa catalán, porque si hay marcha atrás habrá unos responsables. Ya teorizó Xirinacs la «traición de los líderes», cómo en estas coyunturas los líderes tendían a echarse atrás y a mantener el statu quo. Diría que sobre todo será una gran oportunidad perdida de revertir lo que pasó en 1978.