Cara visible de la CUP durante la última legislatura, Anna Gabriel (Sallent, 1975) repasa en esta entrevista la carrera hasta el 1-O, su gestión posterior y el desconcierto actual, sobre el que advierte: «Que la autocrítica no nos haga retroceder ni claudicar».

27S. Son los primeros en decir que el plebiscito, como tal, se ha perdido.
No se podía defender que los votos que habían ido a listas independentistas superaban el 50%. Lo que se podía plantear, y es lo que hicimos, era un instrumento netamente plebiscitario como el referéndum.

Ahora defienden que el 1-O, en el que, con todos los condicionantes, votó un 43%, sirve para proclamar la República.
La falta de base democrática del Estado nos lleva a celebrar un referéndum en unas condiciones evidentemente precarias, pero la responsabilidad es del Estado, que no permite el ejercicio de un derecho básico y fundamental. Nos hubiese gustado un referéndum en otras circunstancias, pero si desatendemos el 1-O y lo que pasó nos situamos en el terreno de juego del Estado. Hay que darle una traducción y una significación política. Quedarnos en decir que el porcentaje de participación fue el que fue y que no podemos contar una mayoría, cuando el Estado no permitirá que haya un referéndum, es no dar salida a una demanda que sí que es mayoritaria sobre el derecho a la autodeterminación.

Durante la carrera hacia el 1-O la CUP ha sido un termómetro para muchos de nosotros. Mientras no alzaban la voz entendíamos que todo iba bien. ¿Cómo ha sido a nivel interno?
No ha sido nada fácil. Al tener una posición clave, se nos presionaba mucho con elementos como no romper la unidad. Porque además hay que recordar que la CUP no estaba en los espacios de toma de decisiones. Es complejo, porque de facto vas avalando lo que otros deciden, aunque llega un punto en el que entiendes que si no estás en el Govern tampoco tienes derecho a exigir estar en ese espacio.

¿Qué valoración hacen del trabajo del Govern en el 1-O?
Nos falta mucha información para valorar el conjunto de la acción del Govern. Nosotras hubiéramos planteado de otra manera algunas cosas, por ejemplo, la presentación del referéndum como una jornada de votación «como siempre». Aquí somos críticos, no iba a ser como siempre, ya lo sabíamos.

Este lema «como siempre» remite a cierto pensamiento mágico por parte de sectores independentistas. ¿Cree que se ha alimentado demasiado?
También hemos podido ver que había una parte muy importante de la población que conectaba con este discurso. No es tanto el momento de plantear la idoneidad o no de este independentismo tildado de mágico, sino de ver si ahora la población, en los mismos porcentajes, sigue creyendo en lo mismo que hace unos meses. Y en este sentido, desde nuestra perspectiva, sí que hemos avanzado, se ha adquirido una conciencia crítica que no existía hace unos meses.

Ustedes se esperan la violencia policial del 1 de octubre.
El Estado había dicho por activa y por pasiva que el referéndum no se haría. Atacaron la logística, intervinieron económicamente la Generalitat, detuvieron a personas vinculadas al Govern, amenazaron a los miembros de las mesas y a los alcaldes. Y había un último bastión que era la gente. La sorpresa no es la violencia del Estado, sino la reacción de la gente.

Tras el 1-O llega el desconcierto y la pérdida de iniciativa política por parte del independentismo. ¿No había nada previsto para el día después?
Creo que el punto de inflexión llega el día 10, ese día se pierde una oportunidad. En cualquier caso, no debe servir para quedarnos tanto en el terreno de la autocrítica, que ahora parece como un peaje indispensable, sino para analizar cuál es el escenario político en que nos encontramos en relación al ejercicio de los derechos civiles y políticos en el Estado español.

¿Qué fundamentos, qué soberanías tienes en una autonomía intervenida y tras años de externalizar y privatizar el país? El discurso de las estructuras de Estado debe servir ahora para conectarlo con el país que tenemos que construir. ¿Tenemos sectores estratégicos en manos públicas? ¿Tenemos autonomía respecto al Íbex 35? Puede parecer que es salir del foco e ir muy allá, pero creo que todo conecta.

¿Ante tales armas, el independentismo cuenta con el grueso social suficiente para saltar el muro y desplegar la República?
No seremos nosotros quienes desistamos de ensanchar la conciencia crítica y la defensa de derechos civiles y políticos, pero tampoco los que lo utilicemos para dilatar calendarios. Buscar la adhesión de la población a esta defensa de los derechos no puede ser excusa para cambiar el objetivo político.

¿Qué opina del ejercicio de autocrítica que parece haberse generalizado en las últimas semanas en el independentismo?
Se combinan diferentes factores, y no hay que olvidar que lo que ha pasado en este país en los últimos meses es muy potente. Se ha puesto en jaque al Estado como no se había puesto en 40 años, y eso ha traído una actuación del Estado que no se puede obviar. Porque la represión no solo trae la individualización del castigo, sino la generación de una atmósfera de miedo que tiene sus efectos. Creo que ahora hay que situar todas las energías en analizar bien cómo opera la represión, qué consecuencias tiene, y así dibujar un horizonte realista pero no de miedo. Impedir que el miedo nos lleve al retroceso y la claudicación.

Todo apunta a que el ciclo represivo será largo.
No sé hasta dónde quieren llegar a nivel represivo. Quizá Catalunya pueda convertirse en un laboratorio en el terreno de la represión, como en otro contexto y en otro momento lo fue el País Vasco. Por ejemplo en cuanto a dinamitar todas las cuestiones relativas a la inviolabilidad de la opinión emitida en sede parlamentaria. Las bases del régimen del 78 están siendo sometidas a un laboratorio de ensayo por parte del Estado para ver hasta qué punto nos pueden hacer retroceder. Quizá eso es Catalunya en este momento.

Parece que van a ser los únicos con la República en el programa electoral.
Ahora estamos en una carrera electoral, desgraciadamente, porque quiere decir que así el Estado consolida su intervención. Lejos de que haya habido espacios de análisis, de debate y de reflexión sobre lo que ha pasado, vemos a cada uno haciendo sus programas y negociando unos puntos compartidos que no son los que esperábamos.

Si Puigdemont se presenta a la investidura para ser restituido, ¿la CUP le vota?
No se ha cerrado esta decisión.

Se habla de otra aritmética posible, que sume a ERC y los Comuns. ¿La CUP estaría?
Ni Esquerra ni los Comuns han venido a compartir con nosotros esta estrategia. Lo único que sabemos nos llega por conversaciones informales que nos hacen llegar que una especie de tripartito podría estar más avanzado de lo que parece. Claro, para nosotras cambiará mucho si en ese gobierno está el PSC o no. Con su actual configuración, a nosotras se nos hace imposible dar apoyo a un gobierno así. Imposible. Otra cosa es que se pueda configurar un gobierno en minoría con una geometría variable que permita aprobar cosas con la CUP, el PSC o Junts per Catalunya.

¿Cree que el papel de los Comuns será diferente al jugado por Catalunya Sí que es Pot?
Veremos cómo se van situando. Cambian las caras visibles, pero otras siguen allá, y no sé si habrán cambiado su planteamiento. De momento, el discurso electoral que están teniendo es decepcionante. Reivindicar «libertad, autonomía y estatut de autonomía» es retroceder 40 años. Y si además blanqueas al PSC… Además, saben perfectamente que hablar de recuperación de soberanías es engañar, porque conocen toda la batería de leyes suspendidas por el TC, y saben el poco margen económico que hay. Saben muy bien que todo lo que se hizo en el Tripartit anterior, que tanto recuerdan, se hizo a base de deuda. Por eso son tan reticentes a una auditoría de la deuda.

¿El debate sobre la presencia de la CUP en el Parlament está superado o se volverá poner encima de la mesa?
No es nada descartable que la CUP se replantee su papel si vamos hacia la gestión de las migajas de la autonomía. La entrada en 2012 se plantea en una lógica de contribuir a ejercer el derecho a la autodeterminación. Si no vamos a caminar hacia aquí, es muy probable que la militancia decida invertir sus energías en otros ámbitos.