Tras 16 años como secretario general de LAB fue encarcelado por el «caso Bateragune». Dejó la cárcel el pasado mes de agosto y ha asumido en Sortu la responsabilidad de dirigir un marco para la orientación estratégica. Esta es su primera entrevista.

Rafa Díez (Lasarte-Oria, 1956) cree que estamos en un momento crucial como país, de ahí que hable de la necesidad de un Txiberta 2, esta vez exitoso, o del símil de Maltzaga para el debate sobre la Ponencia de Autogobierno. Intuye una gran involución en el Estado español con «un 155 que ha venido para quedarse» y urge a iniciar un proceso «autocentrado» y con ánimo de avanzar en la articulación de un país soberano, en tres velocidades, pero con un eje común.

Tras su paso por prisión, la primera pregunta es obligada, ¿cómo se ha encontrado el país?
Me he encontrado con una sociedad destensionada, curiosamente con un nivel de despolitización que me ha sorprendido. Creo que hay un cierto desconcierto en la sociedad sobre dónde estamos, en términos de proceso. Diría que hemos perdido cierto pulso político en relación a las potencialidades que existen si hacemos una foto del país en el ámbito institucional, en el político, en el organizativo, en el sindical...

Tuvo un papel relevante en el cambio de estrategia de la izquierda abertzale. Pasados los años, ¿en qué punto estamos?
El barco del proceso político no ha salido del puerto. Tendríamos que analizar la estrategia del Estado en cuanto al proceso de paz, que ha buscado utilizar a los presos como rehenes políticos, secuestrando su situación de cara a bloquear el proceso político. Por otro lado se encuentra la posición del PNV, que viendo las consecuencias iniciales en el mapa político adopta una posición de enfriar el contexto político ante el peligro de la disputa de la hegemonía de EH Bildu y ante el riesgo de contagio de un procés que estaba ya generando nuevos elementos de confrontación en relación al modelo de Estado.

Tenemos que ser plenamente conscientes de cuál es la realidad social en la que estamos tratando de desarrollar un proceso independentista. Es importante que la izquierda independentista haga una reflexión sobre la realidad social en la que estamos, porque muchas veces me da la impresión de que no queremos hacer ese análisis porque no queremos afrontar la realidad en la que vivimos, queremos vivir en una realidad virtual e intervenir políticamente en esa realidad virtual.

Por otro lado, el proceso político vasco ha tenido en el eje nacional su elemento determinante, el tronco político sobre el que luego emana un nivel de intervención sectorial que alimenta una estrategia nacional, estrategia que tiene en la creación del Estado vasco su elemento referente. Me da la impresión de que en los últimos tiempos hay muchas dinámicas sectoriales que corren en su hipódromo propio y no retroalimentan el eje nacional, el conflicto de Euskal Herria por su soberanía, por su democracia, en relación al Estado. Y el eje sigue siendo el mismo; necesitamos soberanía, necesitamos poder político, económico, necesitamos democracia en el país y ser capaces de ofrecer, desde el ejercicio democrático, un proyecto al país.

Entonces, ¿se puede hablar de avances propiciados por la nueva estrategia de la izquierda independentista y la nueva situación creada?
El cambio del mapa político e institucional en los tres ámbitos administrativos es evidente. Creo que también hay una constatación de una etapa agotada en términos de modelo, aunque es verdad que llevamos ya muchos años hablando de que el autonomismo y el amejoramiento están agotados, pero al final nos va a agotar a nosotros... (sonríe). Es curioso que una nueva correlación de fuerzas no ha conllevado una nueva capacidad de interlocución del país ante el Estado. Hemos ganado correlación de fuerzas y hemos perdido capacidad de interlocución política con el Estado.

¿Cómo se debe desarrollar la estrategia independentista?
Venimos de una estrategia nacional que en muchos casos estaba homogeneizada, o condicionada, por la visión que se tenía desde una parte del país, desde la CAV, y muchas veces intentábamos uniformizar el conjunto. Ahora creo que con la posición de la izquierda abertzale en torno a una república confederal vasca como elemento estratégico estamos en una estrategia nacional que debemos articular desde asimetrías políticas en los tres ámbitos.

Partimos de que hoy el independentismo no tiene una correlación de fuerzas suficiente para decir que estamos en una etapa directamente independentista. Sí que nos encontramos en un momento político donde la posición de una mayoría social es clara en torno al reconocimiento del hecho nacional y al derecho a decidir como elementos troncales de un nuevo modelo de relaciones de hegoalde con el Estado; ligado, evidentemente, a otro nivel de poder competencial y a otro nivel de sistema de garantías. Eso es lo que está en este momento en juego cuando se habla de los nuevos estatutos.

En Catalunya hubiera sido imposible el desarrollo del independentismo sin una dialéctica previa en torno a un objetivo mucho más táctico, que era el Estatut. El Estatut rea una dialéctica de masas, un debate político que desarrolla unos grados de conciencia nacional y social que ha hecho que el independentismo adquiera una fuerza mayoritaria.

Nosotros también tenemos que situar una propuesta táctica, y la propuesta que en este momento está a debate en relación al nuevo estatus político, tanto en la CAV como en Nafarroa, tiene que servir no solo como interpelación o reivindicación al Gobierno del Estado, sino que tiene que desarrollar un debate sobre el papel de la soberanía política y económica como instrumentos a la hora de hacer visible la objetividad de la creación de un Estado vasco. Debemos articular ese músculo social y el eslabón táctico puede ser el nuevo estatus político.

¿Se puede decir que la izquierda abertzale se hizo un lío entre lo táctico y lo estratégico, entre la unilateralidad y la bilateralidad al calor del proceso catalán, con una imagen de que se puede hacer el camino en un solo bote?
Creo que sí. Es legítimo abordar la hegemonía política en términos partidistas, pero considero que hay que diferenciar esa hegemonía política de lo que puede ser una hegemonía popular como país ante el Estado. En determinado momento podía dar la impresión de que el objetivo era una hegemonía de carácter partidista a favor del independentismo que condicionara todo el estatus quo del país y que podía, desde esa concepción unilateralista, hacer algo similar al proceso catalán.

Ahora, cuando nos planteamos una propuesta táctica como la que se ha hecho pública, lo que nos planteamos es que deberíamos configurar en torno a una proposición de esa naturaleza una voluntad mayoritaria del país y que esa voluntad sea el elemento de desarrollo del proceso político. Diferenciar hegemonías partidistas de hegemonías populares como país me parece importante.

¿La unilateralidad? Nos pasa como en otro tipo de cuestiones, que se produce un péndulo. Me acuerdo del tema de la negociación. En un momento determinado tenemos una concepción de la negociación muy definida, basada en la bilateralidad, y luego pasamos a una unilateralidad en la que parece que rechazamos cualquier tipo de bilateralismo.

Consideramos que es necesaria la unilateralidad, pero no es un capricho nuestro. Si el Estado te bloquea te tienes que mover y la unilateralidad tiene que tener ahí su razón de ser. Pero tenemos que ser conscientes de que hay que conjugar una unilateralidad entendida como proceso autocentrado de debate y decisiones políticas en el país con una interpelación para una bilateralidad efectiva al Estado, e incluso para una interpelación al ámbito internacional sobre el carácter del conflicto con el Estado. No podemos plantear una unilateralidad como un fin en sí mismo, sino como un elemento necesario para avanzar en el proceso político.

¿Debemos entender que la propuesta de EH Bildu en la Ponencia de Autogobierno mira más a este país que a Madrid?
Tenemos que hacer un primer ejercicio, que es conectar con el país y preparar el músculo social del país. Tenemos teóricamente mejor correlación de fuerzas institucional que Catalunya, pero tenemos una situación como interlocución de país peor, porque allí hay un músculo social, una simbiosis social e institucional que ha permitido llevar el proceso hasta la proclamación de la República.

El primer gran ejercicio lo tenemos que hacer en la sociedad vasca, para vertebrar todo un espacio político, social, sindical e incluso de inteligencia política; hay que vertebrar todo eso y conectarlo con un horizonte claro.

Esa conexión interna es lo fundamental en este momento, y es ahí donde queremos apelar a todos los sujetos de este país, incluso a aquellos que están yendo en dirección contraria, como es el caso del PNV. Porque, evidentemente, el PNV se puede sentir cómodo en términos de correlación de fuerzas ahora, pero la situación global sobre la capacidad de interlocución del país con el Estado creo que no se ha dimensionado adecuadamente. Ese primer paso tiene que ser muy importante, por eso le damos mucha relevancia al debate participativo que se abrirá ahora, al proceso participativo y de extensión que está realizando Gure Esku Dago... Es muy importante que los agentes que tienen una apuesta clara por un proceso soberanista, como es el caso de ELA y LAB, por ejemplo, desarrollen ese planteamiento.

Claro, pero llegará un momento en el que habrá que dirigir la mirada a Madrid...
Sí, por eso le damos mucha importancia a la consulta habilitante. Puede haber un acuerdo mayoritario sobre un texto articulado en el Parlamento de Gasteiz y en el futuro en el Parlamento de Nafarroa. Luego, teóricamente se abriría un proceso de negociación con el Estado. Cuando se va a Madrid, es importante ir con el respaldo de la sociedad vasca, que esa consulta signifique un respaldo democrático a esa propuesta.

Ahí nos podemos encontrar con un Estado que rechace cualquier cambio en el modelo. Nuestra posición se sustenta en tres ideas o conceptos: sincronización interna del país entre los tres ámbitos territoriales; sincronización externa para que el proceso en Euskal Herria y en Catalunya tengan elementos de sintonía y de interpelación al modelo de Estado, poniendo dos mayorías democráticas delante del modelo de Estado; y una estrategia europea para incidir en la comunidad internacional sobre la idea de un Estado incapaz de abordar en términos de negociación y acuerdo una remodelación de su estructura interna.

También se ha visto esa cara B del Estado tras la represión en Catalunya. El independentismo asegura que el Estado no tiene nada que ofrecer. Sin embargo, este contrapone sus «argumentos». Hay quien ha dicho que tiene una mala salud de hierro. No hay perspectivas de democratización del Estado, pero el desmoronamiento del régimen se antoja difícil...
El independendentismo catalán ha tenido la virtualidad de mostrar los resultados de esa simbiosis institucional y social y también la de clarificar la posición del Estado.

El 155 ha venido para quedarse, el Estado está en una estrategia de contrarreforma. Hoy se oye en los núcleos fácticos del Estado que es el momento de reforzarlo, que hay que abordar el modelo territorial para que este sarampión soberanista no sea cíclicamente algo que esté encima de la mesa.

El Estado es débil, pero tiene fuerza. Hoy no hay Estado para abordar una negociación de un marco político que pretenda una bilateralidad efectiva. Desde el ámbito vasco, lo mismo que se plantea desde el ámbito catalán, tenemos que confrontar con unas intenciones involucionistas y armar ideológicamente a la sociedad. Ellos hablan de reforma-contrarreforma, nosotros tenemos que situarlo en ruptura-democracia. La ruptura democrática del 78 es hoy «euskal demokrazia», para que desde el reconocimiento del país ganemos esa capacidad de decisión sobre nuestro modelo político interno y externo.

Es posible que la ofensiva del Estado, con todas sus consecuencias posibles, lleve a que las propuestas de estatus sean una especie de Maltzaga democrático, que nos obligue a ello... Nosotros creemos que no podemos estar a la espera de la iniciativa del Estado, sino que en ese debate autocentrado nosotros tenemos que situar el marco político para la nueva fase.

Si ese es su diagnóstico, debería ser motivo de preocupación también para el PNV, ¿no?
Considero que el PNV sí que está viendo algo similar a lo que ocurrió en 1997. El «a por ellos» entonces éramos nosotros, pero luego también pudieron ser ellos. Y en este momento concreto, el «a por ellos» pueden ser los catalanes, pero también está afectando al conjunto del modelo territorial.

El PNV tiene que hacer una reflexión de fondo, y sobre su propuesta, nuestra pregunta es clara: ¿Es un punto de partida para plantear un nivel de consenso con la izquierda independentista? Entonces habrá posibilidades de llegar a acuerdos como lo ha dicho públicamente Arnaldo [Otegi]. ¿O es un punto de partida para buscar al Partido Socialista poniendo esa propuesta en rebajas continuas? Si su opción es esta última, nosotros no vamos a estar en esa operación.

El PSOE se está moviendo nuevamente en ver quién tiene la bandera nacional más grande en sus mítines, planteando incluso la neutralización de elementos actuales de las competencias autonómicas. Por lo tanto, no es aliado en esta fase política. ¿Dónde tiene que buscar el PNV aliados para responder a la estrategia del Estado y para poner una referencia de salto cualitativo del autonomismo a un nuevo modelo de relación? Creemos que en la izquierda independentista y quizá, también, en la posición de Podemos...

Hasta hace muy poco se decía que con la actual dirección del PNV era imposible abordar un proceso soberanista, ahora se habla de mimbres para llegar a un acuerdo entre las fuerzas que teóricamente defienden el derecho a decidir... ¿Cómo se come eso?
Somos muy críticos con lo que el PNV ha venido realizando estos últimos años, y estamos convencidos de que estaba buscando una mera reforma estatutaria en ese dibujo político con otros sectores unionistas que podría abrir una etapa de diez o quince años en las mismas o parecidas condiciones. Pero creo que ha habido un elemento fundamental que está condicionando todo esto, que es el proceso de Catalunya.

Tras la aplicación del 155 estamos viendo todo lo que se está alimentando desde el ámbito mediático, económico... en relación a la posición del nacionalismo español o la revitalización del nacionalismo español sobre el conflicto nacional interno. Y esto está generando una ofensiva en toda regla.

Estamos en una situación de alerta política en la que también el PNV tiene que considerar su posición, no a corto plazo, sino también a medio plazo. Apelamos a la responsabilidad histórica no ya para responder solamente al Estado, sino para situar un salto cualitativo que realmente responda a nuestras necesidades.

En el mayor momento de debilidad que ha tenido nunca el Estado, que ha tenido que hacer uso de fuerzas como lo que significa el 155... en ese momento de debilidad del Estado es cuando es necesario un Txiberta 2, conectado con la sociedad, un Txiberta 2 que realmente dé músculo a la sociedad, un Txiberta 2 que tenga en cuenta que es necesario plantear un eje nacional con unas políticas sociales que hagan que ese eje nacional, que el movimiento soberanista independentista, tenga capacidades de desarrollo transversal. No podemos renunciar a que eso sea posible.

 

«¿Por qué el sindicalismo no se pone en marcha por el proceso?»

La figura de Rafa Díez siempre quedará ligada al sindicalismo, un ámbito del que entiende que hoy no está a la altura, y lo lamenta al considerar que «tiene una enorme potencialidad».

No comparte el discurso de ELA en el que plantea como excluyentes dos ámbitos de trabajo que deberían ser, a su parecer, complementarios. Opina que ELA lo ha planteado de esta manera: «Si no dejas definitivamente de intentar una mayoría en torno al derecho a decidir con PNV y Podemos, no hay posibilidad de desarrollar un bloque social y político de izquierdas». «Yo no veo esa incompatibilidad», sentencia quien fuera secretario general de LAB durante 16 años. Se muestra, además, «bastante sorprendido con estas pretendidas lecciones de izquierda de ELA» porque parece decir que «no hay izquierda política, y yo sí creo que hay izquierda política y que está en un sitio muy claro; otra cosa es que en este momento ELA pretenda adquirir ese label de izquierda en solitario, cuando yo creo que no se corresponde con la realidad».

Añade que le gustaría «que ELA, con LAB, estuviera entroncado en el proceso político». De cara al proceso soberanista da mucho valor a la potencialidad de los 150.000 afiliados y afiliadas que suman ambos sindicatos. «La transversalidad de ese componente humano en el movimiento obrero, en la sociedad, sería muy importante, es lo que tenemos que poner en marcha cuando hablamos de dinámica autocentrada; esos potenciales están ahí, ¿por qué no se ponen en marcha?».I.A. I.T.