El 15 de junio de 1984 es una fecha grabada a fuego en la vida de Román Orbe. La explosión de una moto-bomba en Biarritz –que causó heridas, a la postre mortales, a otro refugiado, Tomás Pérez Revilla– le dejó graves secuelas. A sus 63 años, narra a GARA su historia de supervivencia, sin obviar las sombras y el olvido que acompañan tantas veces al exilio.

Román Orbe nos recibe en su domicilio, a las afueras de Bidart. Es una casita coqueta con un pequeño jardín exterior que el refugiado vizcaino y Corinne, su esposa, pudieron adquirir gracias a la indemnización que el primero recibió a raíz de ser contagiado con el VIH.

Efectivamente, durante su estancia hospitalaria en Burdeos, adonde fue evacuado tras el atentado que sufrió en Biarritz, el 15 de junio de 1984, Orbe se convirtió muy a su pesar en una víctima más del denominado «escándalo de la sangre contaminada». La transfusión le inoculó el virus causante de sida.

«Me dieron cuatro meses de vida», recuerda. Aunque la sentencia de muerte no se cumplió, quedó sometido a un tratamiento a vida y a una incapacidad laboral permanente. La edad de jubilación le ha deparado otra mala pasada: la seguridad social gala le ha privado de la percepción por gran invalidez que recibía y le ha asignado, en su lugar, una pensión de jubilación de 57 euros al mes.

El 15 de junio de 1984 empezó con una noticia que le provocó gran consternación...
Ese día, antes de las seis de la mañana perdí a un amigo, Kattu (Jose Luis Lekuona), muerto junto a Txuria (Agustin Agirre) en una operación de la Guardia Civil en Hernani. Y antes de la seis de la tarde, ocurrió el atentado.

¿En qué lugar y cómo se produjo exactamente?
Yo trabajaba en la empresa Precimecan. A la salida de trabajo me encontré con Tomás Pérez Revilla en el bar de Jano. Luego fuimos al bar Du Haou, situado a unos 150 metros.

No estaban ustedes solos...
Era viernes y era habitual que hubiera gente en los bares de Biarritz. Pero, efectivamente, había otro tipo de compañía. De camino al Du Haou vimos unos coches que estaban dando vueltas en la zona: había secretas y también un coche normal. Contamos hasta siete vueltas... y si se conoce la zona, entre Carnot y Ganbetta, con las direcciones prohibidas y demás, el recorrido es corto. Sentimos que algo podía pasar. Realmente era evidente que preparaban algo.

La comunidad de refugiados estaba en la diana de los GAL. ¿Se protegían ustedes? Lo digo porque se insiste mucho en que los atentados ocurrían en lugares públicos, bares...
Sí que tomábamos precauciones, nos acompañábamos entre nosotros. Como detalle le diré que yo, cuando salía, lo hacía habitualmente más tarde, pasadas las 20.00, Tomás creo que también, cuando salía, que no era siempre, ya que cuando nos atacaron estaba enfermo de cáncer. Bien, ese día coincidimos a las 17.30, horario poco habitual, y está claro que nos esperaban.

¿Como fue el modus operandi?
Salimos a la calle y en la acera por la que caminábamos, justo al lado de la ventana del bar, había una moto que, por lo que luego supimos por el testimonio del dueño del local, había sido aparcada al mediodía. La explosión nos alcanzó de pleno.

No hay dudas sobre la intencionalidad porque la bomba fue activada a distancia por los autores del atentado, ocultos en un vehículo cercano.
Así es. Por lo que salió en el juicio, hubo anteriormente un intento fallido; vamos, que dieron al botón y no funcionó. En todo caso, a la segunda lo lograron. Estalló la bomba y salimos disparados. Recuerdo que me golpeé en el suelo pero, como un resorte, me puse enseguida de pie. Y ahí estaba el fotógrafo...

El semanario “Paris-Match” publicaría días después imágenes de ustedes, noqueados, en el lugar de la explosión.
Fue esa persona la que hizo las imágenes. La tengo clavada en la memoria. Me suena que la habíamos visto antes, cubriendo manifestaciones, pero ese día, ¿cómo pudo estar a la hora misma del atentado? Cuando me levanté lo tenía justo delante. Es la imagen más nítida de mi memoria. Nunca más le volví a ver, es algo bastante extraño.

Siendo un testigo excepcional, ¿no estuvo en la reconstrucción de hechos cara al juicio?
A mi me sacaron del hospital de Dax en que me recuperaba para asistir a la reconstrucción de los hechos con vistas al juicio. Estaban los mercenarios, pero ni rastro del fotógrafo. En el juicio no estuve, pero no tengo noticia de que él estuviera tampoco.

Con sus cuerpos quemados, usted y Pérez Revilla corren de vuelta al bar de Jano...
Teníamos miedo de que al ver que estábamos vivos vinieran a rematarnos. En el bar de Jano estaba casualmente un médico retirado que nos dio los primeros auxilios. Enseguida nos llevaron al hospital de Baiona, y desde allí en helicóptero nos evacuaron, primero a mí y luego a Tomás, a Burdeos.

¿Tuvo ocasión de hablar con él durante la estancia en el hospital de Burdeos?
Me crucé con él y no me olvidaré nunca de sus palabras. Con aquella voz ronca que tenía me dijo: «De esta ya nos hemos librado». El ya había sobrevivido a un atentado años antes. Yo, como tantos otros, también he tenido algún golpe de suerte.

¿Fue la última vez que hablaron ustedes?
Estábamos en una sala grande, pero no juntos. Yo estaba, y supongo que él también, bajo sedación casi permanente. Además de las quemaduras, yo tenía heridas en el brazo derecho, que hoy sigo sin poder utilizar con normalidad, en las piernas, en los dedos...

¿Tuvo visitas en el hospital?
Mi familia pudo visitarme unos pocos minutos al principio. No tengo recuerdos nítidos, por lo visto el jefe de la empresa en la que yo trabajaba también acudió a verme, lo sé porque me lo han contado, no porque tenga en la memoria su visita.

Y comenzó su largo periplo hospitalario...
En Burdeos estuve tres meses, de junio a finales de setiembre.

En ese intervalo Pérez Revilla fallece en el hospital.
No me informan en el momento de su muerte, pero un día me di cuenta de que el personal del hospital evitaba que yo viera la televisión, y enseguida pensé que había pasado algo malo.

De Burdeos a Dax...
De Burdeos me llevaron a Dax, sí, donde estuve hasta enero del 85 para la rehabilitación. Y luego otro año ya en Biarritz, peleando por recuperarme.

Tiene tras de sí una larga lista de operaciones quirúrgicas.
21 intervenciones, si no me equivoco. La última, hacia 2008, ya para retirarme una bolsa de pus de la espalda provocada al parecer por las pastillas que tomaba para la enfermedad.

Se refiere usted al VIH.
Estando en Burdeos recibí transfusiones procedentes de 24 bolsas de sangre contaminada con el virus causante del sida.

Sin embargo, las consecuencias aparecieron mucho después.
Me enteré gracias a Corinne, que, a raíz de que se conociera lo ocurrido con las transfusiones, me insistió mil veces en que me hiciera las pruebas. Me dieron cuatro meses de vida, la enfermedad estaba avanzada.

Nuevo obstáculo. Sin papeles, no hay tratamiento. Porque, a todo esto, usted se queda sin el récépissé o «salvoconducto» que otorgaban las autoridades galas a los refugiados vascos.
Por eso al principio Burdeos no me quería dar la autorización para poder recibir los fármacos contra el sida, aunque pude conseguir las pastillas digamos que con ayudas humanas por las que siempre estaré agradecido. Finalmente logré los papeles y pude tratarme normalmente.

También recibió usted una indemnización del Estado...
Recibí 1,2 millones de francos (182.900 euros), con los que pudimos adquirir esta casa. En el 96 Corinne y yo nos casamos, porque como me habían dado poca esperanza de vida, tenía miedo de que un día el Estado se quedara con el 60% del valor de la casa y mi mujer sin un techo. Afortunadamente no he fallecido, y aunque tengo problemas –ahora también renales– debido al tratamiento, espero y quiero vivir mucho tiempo.

¿Cómo se ha podido mantener todos estos años?
Me reconocieron una invalidez del 66% y he percibido, desde 1997 y hasta alcanzar la edad de jubilación (62 años) una pensión de unos 800 euros.

Llegar a la jubilación no le ha traído buenas noticias precisamente...
Al llegar a la edad de jubilación, el año pasado, me quitaron la pensión de invalidez y, claro, como no tenía prácticamente nada cotizado, pues me he quedado con 57 euros de pensión.

¿Recibe 57 euros mensuales?
Ni más ni menos.

¿Cómo es posible?
Estamos en trámites, para ver si se puede hacer algo, pero de momento esa es la situación.

Así las cosas, ¿de qué viven usted mismo y su esposa?
De la pensión de invalidez de 600 euros que cobra mi mujer, que tampoco puede trabajar, ya que ha sufrido un largo tratamiento por depresión y sigue su lucha contra el cáncer. Con todo, llevamos un año bastante bien, ¿verdad Corinne? [La mujer, que asiste a la conversación, ayudando a cubrir las lagunas de memoria de Orbe, asiente con una pequeña sonrisa] Ha habido tiempos peores.

Su atentado fue uno de los pocos casos de los GAL que llegó a los tribunales.
Es que la Policía francesa detuvo a los autores a las pocas horas...

No obstante hubo algún intento de lanzar la versión de un «ajuste de cuentas» en el seno de ETA, versión que ya afloró en otros casos como con la desaparición de «Pertur».
Algo absurdo. Desde el principio se sabía que eran los GAL.

Tirando de hemeroteca, en distintos artículos se dice que usted fue cura. Como no lo ha mencionado en la conversación se lo pregunto...
A ver, me confunden con Román Landera [sacerdorte santurtziarra ya fallecido, que fue objeto de un atentado en 1973, y que tras vivir como refugiado en Iparralde fue expulsado por las autoridades francesas]. Yo no he sido nunca cura. ¡Los cojones... cura! Yo de seminario y eso, nada, ya pasamos bastante con tanta misa y rosario.

Volviendo al atentado. El diario “Sud-Ouest” generó gran revuelo al publicar una fotografía que identificaba a dos de los autores, nada menos que ejerciendo de guardaespaldas de la exministra gala Simone Veil y su séquito de paso en Pau con motivo de un acto electoral.
No sé si eran miembros del equipo de seguridad de Veil o igual de algún otro cargo de su partido, pero eran guardaespaldas de políticos.

Al respecto, un político aún en activo, el exministro con Macron y alcalde de Pau, el centrista François Bayrou, desmintió que los cargos de RPR y UDF que aparecían en la imagen conocieran a los mercenarios de los GAL.
Si ejercían como sus guardaespaldas, parece raro que no les conocieran.

Esa revelación puso en evidencia el nexo francés.
Eso estaba claro, en nuestro caso y en otros muchos. Existía esa connivencia, de políticos, policías y jueces, pero nadie ha asumido responsabilidades hasta hoy tampoco por parte francesa.

El juicio en Pau se salda con penas de cárcel para De Carvalho, Labade y Sampietro. También se fija una indemnización de 260.000 euros...
...que nunca cobré.

¿Por qué no recibió la indemnización?
No pagaron ellos [los condenados], ni el fondo para la indemnización de víctimas, en Madrid. De hecho, con un informe del experto forense de aquí se tramitó la petición. Fue rechazada, al parecer porque se aludía al atentado pero también al sida. Dos años después el juez francés pidió un segundo informe forense, pero tampoco así. Sea por presiones de Madrid a los franceses, que las hubo, o por interferencias entre el recurso judicial y el trámite administrativo, la cosa es que no recibí ninguna indemnización.

Por parte de las autoridades estatales, nada. ¿Y desde el Gobierno de Gasteiz?
No he tenido ninguna relación con las instituciones vascas. La verdad es que nadie se ha preocupado de mi situación.

Ha habido reconocimientos a otras víctimas de los GAL...
No he seguido mucho lo que se ha llamado el caso GAL, por motivos de salud y también por una necesidad de protegerme, de querer dejar atrás el pasado. Ha habido de todo un poco.

No sé si está al tanto de programas para reconocer a las víctimas, de la labor de memoria... ¿Qué esperanzas alberga?
No tengo la esperanza de que se vaya a hacer la luz sobre la violencia de Estado.

¿Y de lo actuado con las víctimas en general y con las de la violencia de Estado en particular? ¿Qué opina?
De las víctimas se habla al principio, como mucho en un aniversario, y luego se olvida. Además, tengo claro que hay víctimas de primera, de segunda, y de nada... yo soy de esa última categoría. Yo creo que a algunas víctimas nos han borrado directamente.

¿La experiencia del exilio, como la de la deportación, están marcadas por el olvido?
Nosotros somos en cierto modo los desaparecidos, no estamos en el pueblo, y difícilmente los de casa pueden seguir nuestra trayectoria. Es comprensible, pero es indudable que hay situaciones que no se han evocado demasiado y sobre las que se puede hacer más.

¿Siente usted que existe un agravio en relación a la presencia en el debate político de la situación de los presos, incluso también en el seno de la izquierda abertzale?
Mi mayor pena es por los que están dentro de las cárceles. Por ellos tenemos que hacer todo. También por los deportados. No puedo compararme con ellos. Yo estoy en casa.

¿Para que valen actos como el que anuncia Kalera Kalera este próximo sábado, 6 de octubre, en Tolosa?
Para que salga a la luz esa situación que muchas veces no se conoce, que debe resolverse. Pero también para que se pueda hacer la transmisión, para que los que han venido después, los más jóvenes, sepan de nuestra vida.