"La ciudad es una buena idea, cuyo peor defecto es haberse convertido en realidad" es una de las llamativas frases que encadenan la memoria de la que hoy hablaremos y que no es otra que la memoria de "la ciudad", ese espacio que acumula un carácter tan paradójico y contradictorio como antiguo, siendo quizás la producción humana más elaborada si dejamos a un lado el lenguaje.

Lamemoriaciudad

Un espacio, un elemento, con una capacidad más que demostrada para reproducir la realidad social y modificar nuestras formas de vida durante miles de años, algo que entre otras cosas la hace depositaria de una larga memoria en la que confluyen los impulsos de fraternidad, de unión en la diversidad con otros de dominio y sojuzgamiento de quienes en ellas habitan tan vertical como los inmensos rascacielos que hoy las pueblan.

La ciudad exalta los afectos: tanto el amor al orden como el odio a la tiranía. Desata la pasión por la libertad en la misma medida en que despierta el anhelo de seguridad. En momentos de fervor revolucionario las ciudades se convirtieron en un hervidero siempre a punto de desatar la conflagración que las destruiría mientras que en los periodos de paz social y comodidad, como podrían ser los nuestros en los países más industrializados, deparan a muchos la experiencia desesperante de una profunda soledad, más sentida por estar rodeada de una multitud que tampoco encuentra compañía. La ciudad parece condenada, por eso, a ser siempre escenario de las victorias memorables de la condición humana y, a la vez, ruina permanente que atestigua el fracaso de nuestros esfuerzos por librarnos de la opresión. Un punto de llegada del que siempre queremos partir y del que hablaremos con Juanma Agulles, sociólogo y escritor ganador del Premio Catarata de Ensayo 2017 con su libro "La destruccíon de la ciudad".