Tenía 39 años y tres hijos, y era hermano de dos militantes de ETA. El 5 de octubre de 1975, tres hombres entraron en su bar de Kanpazar y lo mataron a tiros. La prensa lo situó como represalia por un atentado de ETA previo, pero 40 años después el Estado sigue negándole carácter terrorista. El litigio llega al Constitucional. La historia, a la luz pública.

Iñaki Etxabe Orobengoa era un objetivo fácil. Su hostal en el alto de Kanpazar (Etxabe-Enea) ya había sufrido un bombazo cinco meses antes y un ametrallamiento posterior. El 5 de octubre de 1975, bien entrada la noche, tres personas que nunca fueron identificadas asaltaron el restaurante, armadas con metralletas y pistolas. Obligaron a los escasos clientes a echarse al suelo, les rociaron con un gas paralizante y dijeron a los hermanos Luis e Iñaki: «Venimos a por vosotros». El primero logró huir y encerrarse en el almacén, pero Iñaki fue ametrallado y murió al instante. Dejaba mujer y tres hijos e hijas pequeños.

Pese a ser muy desconocida, no se trata de una acción de guerra sucia más. El abogado Iñigo Iruin la señala casi con total certeza como «la primera víctima mortal de la primera generación del terrorismo de Estado». Le seguirían meses después acciones como Montejurra y siglas como ATE, Triple A o BVE (con estas últimas hubo una reivindicación de la muerte de Kanpazar, un año más tarde).

La guerra sucia no era algo habitual todavía, y sin embargo en la prensa del día siguiente no hubo duda alguna: «Terrorismo en Gipuzkoa», titulaba ‘‘El Diario Vasco’’; «Asesinan a un industrial guipuzcoano, hermano de un activista de ETA huido a Francia», destacaba ‘‘Abc’’. Tampoco titubeó el entonces consejero nacional del Movimiento, Marcelino Oreja, en un articulo de prensa que daba inequívoco carácter político al ataque, ni lo han dudado ahora AVT o Covite, que incluyen a Iñaki Etxabe en sus listados de «víctimas del terrorismo» como fallecido a manos de algún grupo de «extrema derecha». Y, sin embargo, el Estado lo sigue negando.

El caso sale a la luz al mismo tiempo que el litigio jurídico llega al Tribunal Constitucional. La familia de Iñaki Etxabe reclamó al Ministerio del Interior que fuera considerado víctima y pudiera acogerse por tanto a la Ley Integral, pero este lo rechazó en julio de 2013 y les negó la pertinente indemnización. La familia recurrió entonces a la vía contencioso-administrativa, pero la Audiencia Nacional lo ha rechazado igualmente en dos ocasiones, argumentando que «no existe dato objetivo alguno» que permita catalogarlo como «acto terrorista».

Archivo ocultado

Es aquí donde se registra una anomalía sorprendente, que se lleva ahora al Tribunal Constitucional por vulneración de derechos fundamentales. El sumario abierto entonces por el Juzgado de Durango fue derivado al Tribunal de Orden Público (antecesor de la Audiencia Nacional). Esta instancia especial se encargó de la investigación, y aparentemente la archivó (nada más se conoce). Y ello constituye el indicio jurídico más evidente de que se trataba de una acción «terrorista», puesto que si hubiera sido un caso de delincuencia común se hubiese seguido instruyendo en el juzgado vizcaino.

Así las cosas, la familia pidió a la Audiencia Nacional que reclamara al archivo de El Ferrol, donde se guardan los expedientes del TOP, la información disponible del caso. Sorprendentemente, la Audiencia Nacional lo rechazó, tildando esta petición de «prueba innecesaria». Por tanto, el caso ha encallado en un bucle sin salida: la AN niega el carácter terrorista del hecho a la vez que impide conocer el sumario, que sería la única opción de acreditarlo jurídicamente.

La denegación de la consideración de víctimas a otros fallecidos por guerra sucia, por ejemplo los abatidos por los GAL, es una constante en los últimos tiempos. Pero con una diferencia sustancial; en estos casos lo que alega el Estado es que no deben ser indemnizados porque se trataba de miembros de ETA. En el de Iñaki Etxabe, por contra, ni siquiera cabe sostener tal excusa, dado que nadie cuestiona que no tenía vinculación personal con esa organización y solamente era un hostelero.

Por tanto, lo que hacen el Gobierno primero y la AN después es descalificar la acción como tal, indicando que no está probado que fuera «terrorismo». Se escudan para ello en el hecho de que entonces no había todavía grupos de guerra sucia organizados, como pasaria luego con la llamada primera generación (BVE, entre otros) y con la segunda (GAL).

Toda una familia en el objetivo

Los indicios ya detallados no son los únicos que prueban que fue un atentado político. Quizás más rotunda aún es la constatación terrible de que toda la familia Etxabe estaba en el punto de mira de la incipiente guerra sucia. Según está acreditado en la Audiencia Nacional, además de los dos ataques previos al hostal de Kanpazar también se había atentado con bomba contra los restaurantes de otros dos hermanos, Jokin y Juanjo, en apenas 48 horas de tiempo, a finales de junio. Y el día anterior a la muerte de Iñaki, el coche de Juanjo resultó incendiado en Donibane Lohizune.

La brutal persecución a los Etxabe ni siquiera acabaría en Kanpazar. En 1978, Juanjo y su esposa fueron ametrallados en Donibane Lohizune; Agurtzane Arregi murió en el acto y Etxabe quedó malherido.

Pero, ¿por qué mataron a Iñaki Etxabe e intentaron hacer otro tanto con su hermano Luis aquel día? La hipótesis más realista es la de la venganza indiscriminada, que indirectamente ya expone la prensa de la época al unir dos hechos. Aquel domingo 5 de octubre, a mediodía, un atentado de ETA había matado a tres guardias civiles en las inmediaciones de Arantzazu. Entre Oñati y Arrasate, de donde es la familia Etxabe, apenas hay once kilómetros de distancia.

Todavía queda otro fleco sin aclarar en esta macabra historia. Se afirma que un taxista pudo haber sido testigo del ataque de Kanpazar. Una semana después, alguien se subió a su coche y lo mató en Legutio. Se llamaba Germán Agirre Irasuegi.

FAMILIARES Y AMIGOS RECUERDAN EL ATENTADO

Los familiares de Iñaki Etxabe nunca hasta ahora han hablado del tema para los medios, pero lo hacen con entereza y sin escatimar detalles. Se han reunido ante el ostatu en que murió, Etxabe-Enea, que también era la casa familiar, por lo que todos ellos estaban allí. La cita con GARA es un día de lluvia y niebla, muy a tono con una historia cuyo dramatismo no atemperan 40 años.

Luis tiene fresco todo; no es para menos, porque allí salvó la vida y lleva cuatro décadas reviviéndolo en su cabeza. Por ejemplo, recuerda muy bien que eran poco más de las 23.00 porque Radio París acababa de dar las señales horarias del informativo. Entonces vio entrar a tres hombres, con pasamontañas que tapaban todo salvo los ojos y la nariz, y corrió adonde pudo, al almacén. «Hemos venido a por vosotros», oyó decir. Contuvo la respiración y puso la espalda contra la puerta, con las piernas presionando contra una estantería metálica para hacer más fuerza. Su hermano Iñaki no pudo escapar. Estaba en la cocina. Le dieron 18 tiros.

Tampoco se le ha olvidado a Luis que aquel día Kanpazar estaba lleno de controles policiales, tras el atentado de ETA ocurrido a mediodía en Arantzazu: «Nadie podía pasar por allí, hacía falta permiso». Pero pasaron, aquellos tres hombres fuertemente armados pasaron.

Jose Antonio Altuna, entonces teniente de alcalde y luego alcalde de Arrasate además de amigo de la familia, llegó enseguida a Etxabe-Enea, Y cuenta que «vino el cabo con cinco guardias civiles y dijo al entrar ‘se nos han adelantado’. ‘¿Qué ha dicho?’, le pregunté sorprendido. Y él: ‘Que se nos han adelantado, hemos venido a proteger esto’». Tiene claro Altuna que los mandos sabían quiénes eran los autores. Es más, aporta otro dato que supo luego: poco antes los atacantes fueron a por otra «pieza» en esta cacería humana, un conocido empresario abertzale de la zona, todavía vivo y activo, al que no encontraron. El exalcalde se extiende en anécdotas tremendas sobre la violencia de aquella época y cierra así su reflexión: «A veces me pregunto cómo aún podemos estar vivos». Y cita como ejemplo a su amigo Jose Luis Elkoro.

Si alguien estaba especialmente en el punto de mira, esos eran los Etxabe. Luis recuerda que en el ametrallamiento de meses antes contaron hasta cien casquillos. Pese a todo, han intentado proteger a sus hijos e hijas y no inculcarles odio.

Ainhoa entonces tenía solo cuatro años, así que no recuerda a su aita, Iñaki. Aitor, que contaba ocho, sí guarda en la memoria algunas trastadas. La mayor, Olatz, a sus diez años, sí bajó aquella noche al bar («recuerdo que no podía dormir») y se encontró a su madre llorando el cadáver de su padre. Lo cuenta con serenidad, sin dramatismos añadidos. La consecuencia más inmediata fue que la familia bajó a vivir al pueblo, a Arrasate.

A Luis ni siquiera lo llamó a testificar un juez. Y uno de los encargados de investigar aquella muerte y la posterior del taxista que pudo haber sido testigo de los hechos se llamaba Antonio Tejero Molina, entonces destinado en Gasteiz y seis años después protagonista del 23-F. Los familiares de Iñaki Etxabe son muy conscientes de que ya nunca se sabrá qué ocurrió ni quién fue, ha pasado demasiado tiempo. Pero sí reclaman que se reconozca de una vez. «Cada rechazo es matar a nuestro aita otra vez», resume Aitor, así que «yo ya no tengo ganas de dejar pasar esto una y otra vez. Si hay que ir hasta Estrasburgo, estoy dispuesto».