Los viajes bajo la nieve, el granizo y la lluvia muestran con más crudeza las consecuencias del alejamiento de las presas y presos políticos vascos. Cada vez que Itsaso Alkorta vuelve, reventada, y ve el cartel de Zaballa, piensa lo mismo: "¡Qué injusto es esto! deberíamos hacer esta visita aquí". Gara ha recogido cuatro vivencias tras este duro fin de semana.

Gorka García baja todos los meses a visitar a su compañera Ana Belén Egüés, presa en Córdoba. Viaja en la furgoneta de Mirentxin. «Salimos el viernes a las 20.45 de Bilbo y, si todo va bien, volvemos el sábado a las 22.00-22.30». Este fin de semana se llenó la furgoneta: siete familiares más las dos conductoras, Maialen y Lorone. «Debido a la nevada, llegamos a Córdoba un poco más tarde, a las 06.00. Después de hacer las visitas –en mi caso fue un vis a vis– tomamos el camino a casa. En Somosierra nos encontramos con todo nevado. El quitanieves se fue a un lado y nos quedamos bloqueados un montón de coches. Cuando nos empezamos a mover avanzamos muy despacio, con aguanieve. Llegamos a Bilbo hacia las 01.30 y, a casa, a las 03.00».

García expresa que haga el tiempo que haga, quieren ver a sus familiares para llevarles todo su cariño. Además, aunque la carretera esté nevada y no puedan ir, no se les guarda la comunicación para otra fecha. «Bajamos ‘a la aventura’. Gracias a Mirentxin podemos realizar las visitas. Siempre están dispuestas. Esta vez hemos tenido la suerte de que los problemas han ocurrido a la vuelta y hemos podido hacer la visita». Anima a la manifestación de este sábado en Bilbo para poner fin entre todos a este sufrimiento añadido.

Con Gorka García compartió furgoneta Karmele Altube, pareja de Xabin Usandizaga, preso en Córdoba. Recuerda que el viaje anterior, el 2 de diciembre, también lo hicieron con nieve, y vieron cómo el coche que iba delante quedó «siniestro total».

Cuenta que se arreglan muy bien entre ellos, haciendo chistes malos, bromeando con que acabarían comiéndose unos a los otros… «Desde Oñati a mi caserío hay seis kilómetros hacia arriba. Pude subir gracias al todoterreno. Allí estaba el coche de mi hija, solo se veía una bola de nieve. En casa no había luz. Sentí una tremenda tranquilidad. ¡He llegado!».

La noche en un hostal
En otra furgoneta Mirentxin repleta, Itsaso Alkorta fue a ver a Ainhoa Mujika en la prisión de Albolote de Granada. Mujika, al igual que Agurtzane Delgado, lleva en aislamiento casi nueve meses, en unas condiciones muy duras. Partieron a las 22.30 desde la gasolinera de Lopidana, en Gasteiz, un punto casi mítico para los familiares. «Solemos llegar hacia las 06.30 o 07.00 a Albolote, pero esta vez, debido a la nieve, llegamos muy tarde, a las 08.30, con miedo a perder la visita. En los 840 kilómetros estuvimos en tensión». Pero pudieron realizar todas las visitas.

«Nevaba en Granada. Ainhoa me lo comentó en el locutorio. Allí empezó su preocupación: ‘¿Cómo regresaréis ahora? Ir con cuidado’… En todo el camino tuvimos nieve, granizo, lluvia. Llegamos a Madrid hacia las 21.00. Allí nos avisaron otros familiares de que habían cerrado Somosierra. Decidimos continuar por Valladolid, por la A-6. Justo cuando salíamos desde Madrid, en Guadarrama, la Guardia Civil cortó la carretera y esperamos tres horas, hasta la medianoche. Al final decidimos pasar la noche en un hostal».

Alkorta llegó a casa a las 16.00 del día siguiente. «40 horas de viaje para una visita de 40 minutos. En este viaje el ambiente fue especialmente bueno y alegre. Las decisiones no eran fáciles. Mirentxin te da fuerzas, también llegar a la visita y estar con la familiar o la amiga, darle tu cariño, por encima de todas las dificultades. Bajamos con mucha ilusión. Y ellos nos dan muchas fuerzas. A mí siempre me ocurre que cuando llego, reventada, y veo el cartel de Zaballa digo: ¡Qué injusto es esto! Deberíamos hacer esta visita en aquí». En la furgoneta todos eran jóvenes pero se acordaron de los mayores y las niñas que deben salir a la carretera.

José Morales viajó en coche con dos familiares hasta Villena, Alacant, para visitar a su cuñado Juan Carlos Iglesias. También tuvieron problemas en Somosierra, a la vuelta. «En el descenso del puerto había colas kilométricas. Condujimos muy despacio, siguiendo el rastro del coche que iba delante». Para un viaje de siete horas necesitaron doce, mientras escuchaban mensajes oficiales que decían que no se cogiera el coche. «Nos gustaría no coger el coche nunca, poder ir en autobús a la cárcel o tener a los familiares en casa. Esos avisos no están pensados para nosotros», concluye Morales.