A veces uno se duerme pensando y no duerme sino que piensa. Mi compañera se desvela imaginando en cómo resolver el transporte al trabajo, en los robos a las escuelas a cargo de la institución donde trabaja, en los medicamentos que faltan a maestros y maestras que escriben desesperados a la oficina, en la cantidad de días que tenemos sin agua, en la gente que le pone drama y no ha recibido ni la mitad de los golpes que ella, en el pantalón brincapozos de la chamita, piensa en cosas de madre, en cosas de hija... y se rinde al sueño traidor pocos minutos antes de tener que levantarse.

Pensar en medicamentos se convierte en un problemón cuando algún conocido busca, por ejemplo, insulina, con impotencia recuerda aquel "congelamiento" en un puerto internacional de un cargamento con más de 300 mil dosis debido a que Citibank se negó a recibir los dólares de Venezuela para pagar su importación. Luego los medios salen a decir que vivimos una crisis humanitaria, que "las sanciones sólo afectan al gobierno" y algunos amigos, que no piden que cese el bloqueo, envían donaciones, lo cual se agradece.

Así despierta con una pereza que convierte en cámara rápida a ese momento de levantar a los chamos, calentarles agua para bañarse, fregar algunos corotos, bañarse mientras les hago el desayuno. Una pereza de lastre remolcada por una agenda llena de temas, de incertidumbre, de "lo que venga vendrá" y de una fe profunda como sus ojos.

Así sale el chamo más temprano para el plantel donde empezó el bachillerato hace poco, estudia en el centro pero no vivimos en esa zona, por lo que tiene que viajar en Metro y autobús en un trayecto que, en horas pico, puede llegar a ser de una hora.

La primera vez que lo hice entrar solo a un vagón atiborrado de gente quedé timbrado de ver a ese enano espantado pegado del vidrio, no lloré porque quien llora dejando una herencia es porque no la quiere dar. La herencia, en este caso, es aprender a conocer la calle y la historia como un complejo de aprendizajes que enseña tanto o más que la escuela.

Con esa incertidumbre sale ella también con la chamita para la escuela. Llegan a la avenida con una lista de chequeo escrita en los zapatos, una que otra vez prueban con el Metro, pero a esa hora no tiene mucho sentido, es inaccesible. Si hay mucha gente en las paradas de los buses al centro entonces el "plan B" es caminar como media hora hasta otra donde se baja gente que viene de lejos o donde los choferes bajan a la gente para devolverse, como hacen desde que decidieron acortar y dividir las rutas "por el peo de los repuestos". Si en esa parada no se pueden subir a un bus, entonces el "plan C" es subir al Bus Caracas que es el intento de vinculación social más efectivo de lo que va del siglo XXI caraqueño.

Un día todos los planes le fallaron, incluso el de la noche anterior que era dormir bien y descansar, en plena calle le dio un ataque de ansiedad, colapsó en lágrimas, la niña tomó el timón de la calma y le dijo: "Tranquila, mami, vámonos a la casa, cuando yo me molesto me acuesto en mi cama hasta que se me pasa". De aquella lloradera hoy queda un chiste privilegiado: tanto pelear con esa muchachita para que no piense como princesa y se asumió guerrera cuando su mamá se desplomó.

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Las versiones acerca de lo que pasa con el Metro, por ejemplo, son diversas. Ella se entera de que el retraso es por fallas técnicas cuando la cosa es apocalíptica y algo sale por Twitter, pero lo normal es escuchar que un nosesabecuánto por ciento de los operadores se han ido a otros países o que se han robado cables y tuberías. El caso es que esas fallas son armas de guerra, el enemigo las exhibe como las de salud o alimentación y nos las escupe como aquella escena sórdida donde le lanzaban a una ciudad las cabezas de sus propios soldados. Medios como El País de España nombraron a Venezuela en casi el 70% de sus ediciones de 2017.

Una vecina, que trabaja vinculada al tema, dice que lo del Metro (pero también lo de la electricidad, el agua, telefonía, etc.) es una combinación de falta de personal que abandonó su puesto en una epidemia de decepción con la desconfiguración de planes de mantenimiento ante la falta de insumos y repuestos que son difíciles de comprar. Que los trámites cada vez son más complicados por la presión de Estados Unidos a los proveedores, la arremetida internacional de calificadoras de riesgo, la limitación del acceso a fuentes de financiamiento y otras estrategias de bloqueo financiero.

Otro vecino que fue autobusero en la ruta de nuestra zona habla de las mafias internas en las líneas de transporte y de cómo algunos participan del tráfico de efectivo, de los 81 mil transportistas unos cuantos coexisten y otros muchos son víctimas de las mafias de ventas de repuestos en las que siempre ha habido estado de excepción con los precios, más ahora que embisten con una espiral de odio y montos insólitos que no parece detenerse.

No solo ir a la escuela es un reto cotidiano, si tu chamo es atleta le puede pasar como a los 15 boxeadores venezolanos que no pudieron llegar al evento clasificatorio para los Juegos Centroamericanos y del Caribe de este año debido al sabotaje de las agencias de viaje; subieron el precio del pasaje de los muchachos de 300 a 2 mil 100 dólares por persona al enterarse de que se trataba del traslado de la Federación Venezolana de Boxeo. Cuando un privado ofreció un vuelo chárter para trasladar al equipo, Colombia, Panamá y México negaron el uso de sus espacios aéreos. Se repitió con la selección femenina de voleibol, Guatemala negó visas a nuestra selección de rugby para participar en el Sudamericano 4 Naciones B y, también, a la selección nacional de lucha para el Campeonato Panamericano.

Son operaciones que intentan desgastarnos, desencantarnos y convertirnos en un país paria y sin dignidad.

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Bajar más de 20 pisos, caminar más de seis cuadras, subir como se pueda a lo que se pueda y subir otros siete pisos es lo de cada mañana para ella. Pelea por los Yutongs arrumados (funcionando o no) en algún estacionamiento oficial y por la indolencia de algún funcionario. Esa indolencia puede ser también incompetencia, y ambas también son una forma de bloqueo. Muchos estudiaron y fueron cultivados en el resolver poco con mucho, pero hoy la fórmula se invierte; no es un tema de individuos, es cultural.

Otros dicen que nuestro problema no es el bloqueo sino las empresas quebradas por causa de las nacionalizaciones. Cabe preguntarse por qué Estados Unidos no está como nosotros cuando en el año 2017 perdió 60 mil empresas y 5 millones de puestos de trabajo.

Ella aún se contenta cuando hago aparecer de sorpresa una arepita frita en la mañana o si una galleta con café aparece en su escritorio a media tarde, en medio del trajín y el despelote que significa enfrentar el trabajo. Para los chamos el deporte es su espacio aéreo para soñar, los reencuentra consigo mismos, con el hacer y el construirse desde el ánimo y los afectos. En la escuela, como en la casa, nos las ingeniamos para que respiren amor a este suelo que nos negamos a entregar.

No hay mucho que teorizar cuando las amigas le dan la cola y le acompañan a buscar precios no tan caros, cuando se compra en colectivo, se intercambia y se proponen alternativas. No hay mucho que "autocriticar a otros" cuando el CLAP es puntual porque los vecinos que lo organizan se desvelan por que así sea.

De lo que comemos para enfrentar la guerra mejor no escribo mucho, no vaya a ser que me esté leyendo alguien en Miami y dé la orden de esconderlo o bachaquearlo. Solo diré que no hay mejor ansiolítico que unas tajaditas fritas... No hay tristeza, lo que permanece es una continua sorpresa ante la capacidad de odiar que tiene esta gente.

Lo nuestro no se trata de exhibir cómo aguantamos esta guerra para que nos admiren, mucho menos de lamentarse en un laberinto de llanto y queja repartiendo lástima y culpas. Lo que sí decidimos cada noche es descansar, respirar este aire sin pólvora para que mañana, si la guerra amaina, quede la lucha.